Benavides, o el arte del silencio

Septiembre 15, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Circula por ahí un mail insidioso: cómo será de mala la literatura vallecaucana, dice el panfleto, que su pensador más agudo era paisa, su novela más importante se escribió hace 150 años, su mejor cuentista es bogotano, su ensayista más famoso es tolimense y su gran poeta es caucano. El panfleto no explica más pero es fácil adivinar que se refiere a Estanislao Zuleta, Jorge Isaacs, José Zuleta, William Ospina y Horacio Benavides, respectivamente. Esta patada voladora al corazón de nuestro orgullo es rastrera y muy discutible, por supuesto, pero una cosa es cierta: que el indio caucano Horacio Benavides es una de las voces más nítidas y poderosas de la poesía latinoamericana. Así lo acaba de entender Monte Ávila, una de las más prestigiosas editoriales del continente, al publicar La serena hierba, una antología de la obra de Horacio. Y ayer nomás, en el 2008, la Universidad Nacional publicó otra antología suya bajo el cuidado de un severo comité editorial: Piedad Bonnet, Jorge Cadavid y Ramón Cote.En la edición venezolana están los temas de Horacio: el amor, la naturaleza, la muerte, la infancia y los animales, y la concisa baraja de sus recursos: la brevedad, el misterio, el silencio y un pulso exquisito (el secreto de Horacio estriba en no decir, dice José Zuleta).A veces sus poemas son pura música: A la orilla de la rosa está la rosa./ La una se deshoja y pasa/ a la otra el tiempo no la toca./ La primera es la segunda/ la tercera la que el agua nombra.A veces nos estruja el corazón: Las muchachas del servicio corren hacia el domingo/ abandonan su traje de ceniza/ y limpias ya aromadas/ buscan en la luz a su muchacho./ Por fin el día es suyo/ un sol de verano las quema en la hierba/ bailan en las casetas/ pierden con frecuencia el paso/ y en la noche/ en un cuarto barato/ gimen ante revelación tan íntima./ La madrugada del lunes se lleva sus alas. A veces habla como el más viejo de la tribu: Ah si el alma pudiera despedirse amistosamente del cuerpo/ si le dejara dormido y saliera en puntillas/ como una madre que se aleja./ Ah si el alma olvidara mutuas ofensas/ viejos rencores…A veces títulos inocentes (“Cuarentiocho”) ocultan mensajes atrevidos: Que el agua que aquí corre cante en tu baño/ que esta luna roja sea la misma en tu estante y en tus ojos/ que el aire que me toca te toque a ti/ en otra parte. A veces su voz tiene ecos de Rulfo, y el poeta desempolva la coma: Te traigo tu mula, padre/ no te quedes ahí parado, mudo/ te traigo tu mula negra/ la encontré en la montaña/ dale tu sal que es llama/ pasa la mano por su lomo/ échale el peso de tu carga/ no me hagas dudar, padre/ no me digas que arreo sueños/ que esta no es tu mula/ que he cogido la que pena. Siempre, incluso cuando corre la sangre, su poesía es delicada: Una tarde de regreso a casa/ escuchaste una música extraña/ el crujir de mínimas armas/ airados metales./ En el barranco de tierra cuarteada/ diste con nido de alacranes/ enloquecidos de vida./ Barquero/ hazle un puesto en tu nave/ a este muchacho/ que quizá olvidó su moneda./ Piensa que no es poco/ escuchar una música/ jamás oída.Este poema se llama La mariposa de tu alma cruzando el abismo, y el epígrafe reza: “En memoria de Javier Benavides”. Aún no me he atrevido a preguntar nada.

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