Antonio Páez

Enero 20, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

El mejor soldado de las tropas patriotas fue Antonio Páez. Era siete años menor que Bolívar. Había nacido en 1790 en una vereda montañosa de Barinas, Venezuela, en el seno de un hogar muy humilde. Su padre era un funcionario de bajo rango del monopolio del tabaco. Los dos años que Antonio estuvo en la escuela lo aburrieron mortalmente. Antes de cumplir los 16 mató a un hombre en defensa propia, huyó a Los Llanos y se empleó en una hacienda ganadera. El mayoral, un negro corpulento, se dedicó a atormentar al muchacho desde el primer momento. Quizá lo odió porque Páez era blanco, de pelo castaño, ligeramente ondulado, nariz recta y ancha. El negro lo hacía montar caballos a pelo, le encargaba el cuidado de los potreros más alejados de la casa de la hacienda y lo ponía a arriar ganado a través de ríos caudalosos. Al caer la noche Antonio tenía que hacer oficios domésticos, lavarle los pies al negro y hamacarlo hasta que se quedara dormido.Humillado, criado en medio de privaciones, habituado a la intemperie y a las sabandijas, Páez se volvió un hombre del llano, el más fuerte (su lanza podía atravesar un toro a treinta metros) y fue con el tiempo jefe de jinetes y lideró una temible guerrilla patriota. Era un animal magnífico que siempre se sintió incómodo en los salones y nunca aprendió a usar los cubiertos, ni siquiera cuando fue Presidente de la República. En cambio entre sus vaqueros era feliz y participaba de sus juegos sangrientos y les permitía el saqueo. Era un hombre pobre y comprendía su ambición. Durante las batallas parecía un tigre sediento. Sus ojos tenían el color indefinido de un animal de rapiña. Se vanagloriaba de haber matado con sus propias manos a más de setenta hombres. El combate lo excitaba de tal manera que con frecuencia sufría ataques epilépticos y caía del caballo echando espuma por la boca y con las manos llenas de sangre. Por eso había siempre una guardia de corps presta a ponerlo a salvo mientras se reponía. Ignoraba los conceptos más elementales de la estrategia, pero su intuición en el campo de batalla era brillante. Bolívar lo admiraba: “Lo que a mí me cuesta largos cálculos, él lo resuelve improvisando sobre la marcha cargas asimétricas y sorpresivas”. Podía guiar a sus hombres entre los ríos y hallar agua en los desiertos. Sabía orientarse por las estrellas y le gustaba cabalgar de noche para que los enemigos no vieran las nubes de polvo de los caballos de sus hombres. Contra todo pronóstico, decidió librar sus combates a llano abierto, ¡y triunfó! Las lanzas de sus hombres eran mucho más eficaces que las bayonetas españolas, y la rapidez de sus caballos hacía inútil la artillería enemiga. Las tierras del río Arauca y los llanos de Apure conocieron su furia.Bolívar y Páez se encontraron el 30 de enero de 1818. Páez lo vio cabalgar desde lejos y comprendió que podía confiar en su luz como en las estrellas. Bolívar lo nombró comandante, lo trató de igual a igual, le dio órdenes con tacto y suavidad y le suministró pertrechos con largueza. Luego tiró cuidadosamente las riendas y le pidió informes regulares sobre los movimientos y los gastos de sus tropas.Entre los generales que acompañaron a Bolívar el nombre de Antonio Páez palidece frente a la estatura intelectual de Nariño, Santander o Miranda, pero como guerrero no tiene par.

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