A los Trumpicones

A los Trumpicones

Agosto 13, 2015 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Donald Trump, el precandidato presidencial del Partido Republicano, sigue haciendo campaña con un estilo que podríamos llamar folclórico si no fuera tan irritante. El señor del pelo raro no para de hacer comentarios inapropiados sobre la lactancia, la menstruación, los negros, los mejicanos y los hispanos; contra Obama y hasta contra sus mismos copartidarios. Hace un mes se permitió un chistecito contra John McCain, otro precandidato republicano. “McCain no es un héroe de guerra –dijo Trump en un mitin en Iowa-. Es un héroe de guerra porque fue capturado durante la guerra de Vietnam. Yo prefiero la gente que no haya sido capturada”. El chiste es bueno pero cayó muy mal. McCain es un héroe de guerra, una casta sagrada en Estados Unidos. Los Vietcong derribaron su avión y él fue hecho prisionero y torturado entre 1967 y 1973. Los más importantes líderes republicanos protestaron y declararon que Trump no respetaba los valores civiles de la tradición estadounidense y sugirieron que se apartara de sus toldas. Trump amenazó con lanzarse como candidato independiente, lo que seguramente no hará. El paraguas republicano es indispensable incluso para un magnate como él.Pese a sus chabacanerías, o quizá por ellas mismas, el sujeto puntea las encuestas de su partido. Debe ser que allá también hay millones de personas desesperadas o elementales, o ambas cosas, que se emocionan cuando un líder se burla de los negros o desconoce el derecho a la libre determinación de las mujeres, o les niega derechos a las minorías, impulsa leyes de inspiración fundamentalista, propone reemplazar la Constitución por el Corán o el Levítico y pide bombardeos para “limpiar zonas” y muros para separar poblaciones (¿les suena conocido?).Quizá la idea más peligrosa que ronda en la opinión pública es esa que postula que todos los políticos son iguales; y en este caso, que republicanos y demócratas son la misma pústula con diferente mascota. Y que la política exterior de Estados Unidos (léase “tierra arrasada”), no varía mucho de uno a otro partido. Es falso. Las dos operaciones militares más devastadoras del último cuarto de siglo fueron obra de los republicanos. La primera fue la Operación Tormenta del Desierto, cuyo objetivo fue la recuperación del petróleo de Kuwait, y la segunda se realizó con el pretexto de la búsqueda de las “armas de destrucción masiva” que presuntamente escondía Sadam Husein. En comparación con la magnitud y los genocidios de estas operaciones, las administraciones de Clinton y Obama han sido casi pacifistas. El Partido Demócrata no tiene tanta caverna como el Republicano: la bandera confederada, el Ku Klux Klan, la Asociación Nacional del Rifle y la Segunda Enmienda, la homofobia y la xenofobia recalcitrantes, el desprecio por la teoría de la evolución, el Tea Party y Sarah Palin (una María Fernanda Cabal menos fea). Los demócratas (primero Clinton con Al Gore y ahora Obama personalmente) han dado pruebas de su preocupación por el medio ambiente, un problema que nunca ha figurado en la agenda republicana… salvo en otro chiste de Trump: “Está haciendo frío y nevando en Nueva York. ¡Necesitamos el calentamiento global!”. Con todo, Trump puede hacerle un favor al mundo: quitar del medio a candidatos mucho más estructurados, como John McCain, Scott Walker y Jeff Bush. En la final Hilary Clinton se comerá vivo a este patán que ha hecho de la vulgaridad su estilo, del atropello una estrategia y del oro su único dios.

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