Son las necesidades de la gente...

Son las necesidades de la gente...

Junio 02, 2017 - 11:35 p.m. Por: Julián Domínguez Rivera

Durante la campaña electoral de Estados Unidos en 1992, se hizo famosa la frase del entonces candidato Bill Clinton “es la economía, estúpido”. Clinton se enfrentaba a George Bush (padre), quien lo aventajaba en popularidad, y su estratega de campaña James Carville, puso el dedo en la llaga al señalar que la campaña demócrata debía centrarse sobre las necesidades cotidianas de la gente. Para ilustrarlo, puso un cartel en las sedes de campaña que decía: “1. Cambio vs. más de lo mismo. 2. La economía, estúpido. 3. No olvidar el sistema de salud”. El resto de la historia ya la conocemos: Clinton fue elegido, reelegido y dejó la Casa Blanca con índices de popularidad del 76%.

Y es que el ejercicio colectivo de lo público, ya sea desde el sector estatal o desde organizaciones privadas, significa principalmente, resolver las necesidades más apremiantes de la gente, con criterios de equidad y sostenibilidad. Pero pareciera más fácil mover cien elefantes con un hilo que generar con eficiencia y transparencia las soluciones para el bienestar de la gente.

¿Por qué Buenaventura, el puerto más importante del país que genera cuantiosos ingresos a la Nación, vive una situación de miseria similar a la de siglos pasados? ¿Por qué después de tantos años no tenemos un plan eficaz hacia el Pacífico cuando otras regiones del litoral se han logrado desarrollar gracias a su ubicación estratégica en esta cuenca? ¿Por qué en La Guajira, cuyas riquezas generan ingresos millonarios en regalías, la miseria es apabullante? ¿Por qué San Andrés se debate entre la inseguridad, la sobrepoblación y el narcotráfico? ¿Por qué desarrollar a cabalidad la altillanura parece una utopía y los intentos públicos o privados son satanizados? ¿Por qué la paz se volvió una mala palabra, y los candidatos la rechacen o evaden en esta campaña electoral?

Pareciera como si un dique insalvable impidiera el impulso de la Colombia profunda, rica, pero a la vez subdesarrollada. Buenaventura vive la paradoja de ser protagonista de un próspero desarrollo portuario, pero sus modernos puertos han progresado casi como islas en medio de una pobreza multidimensional del 66% y una informalidad laboral del 93%. Infortunadamente, su vocación hacia el comercio exterior, que ha sido posible gracias a su ventaja comparativa producto de su ubicación geoestratégica, no ha logrado traducirse en ventajas competitivas para atraer inversión y potenciar su capital humano, con base en la excelencia en la educación, el buen gobierno local, una eficiente red de servicios públicos, un desarrollo urbano pujante y una red logística que permita el asentamiento de industrias que generen empleo y aprovechen la ventaja de estar al lado del puerto para exportar con menores costos. Producto de fenómenos que han azotado a todo el país, pero que en la ciudad se han vivido con quizá mayor fuerza e impunidad, como el narcotráfico, la corrupción y la debilidad institucional, se acabó la industria pesquera y maderera. Asimismo, en una de las regiones más bellas del país, no se ha podido generar una industria turística de clase mundial.

Con todo, no se podrá sacar adelante un modelo de desarrollo para Buenaventura mientras la exclusión y la desconfianza sean las motivaciones o las respuestas, para sus problemas. Los vallecaucanos sabemos que la suerte de la región depende del desarrollo del Pacífico, por eso se requiere creatividad y compromiso de sus estamentos público y privado para una eficiente y pulcra administración del Plan Pazcífico y, si se aprueba, del fondo autónomo para resolver las necesidades que sus habitantes reclaman. No hay otro camino posible que construir una institucionalidad fuerte, que genere el suficiente capital social para que esta crisis sí sea por fin el inicio de la ‘primavera’ para Buenaventura.

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