De regreso a la tierra

De regreso a la tierra

Junio 04, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julián Domínguez Rivera

Aciertan quienes dicen que la felicidad está en las cosas sencillas. Se encuentra muchas veces en ese espacio sin dimensión física que es el del espíritu, ensanchado por la complicidad del encuentro alrededor de lo que ennoblece el alma.Son aquellos lugares donde coincidimos para el júbilo colectivo, como el deporte y la cultura, donde todos somos iguales, donde vibra lo mejor del ser humano, donde trasciende aquella condición sublime fruto de elevar el espíritu e incluso advertir que se van los fantasmas y se apaga lo peor de la naturaleza humana.Ginebra simboliza todo esto. Pueblo entrañable enclavado en la Cordillera Central donde los espacios espirituales y físicos confluyen alrededor de una fuerza descomunal que ha logrado desde su pequeña condición recóndita y con la vibración de la música andina, que Colombia entera y el mundo sepan que allí se da lo mejor del ser humano. Una lección de reconciliación en estos tiempos movidos.Allí, esa energía que conmueve logra que la música sea protagonista en un entorno rural: escuela para el aprendizaje musical de los niños, fabricación de instrumentos, del maravilloso tiple colombiano, de la mano del gran músico Lucho Vergara y mucho más.Tuve ocasión de disfrutar ese nicho del espíritu en la más reciente versión del Festival del Mono Núñez al cual no asistía hace muchos años. Es muy grato encontrar que la música andina, nuestros bambucos y pasillos, anida en niños y jóvenes. Me sorprendió que, pese a que el promedio de edad de los participantes no supera los 30 años, existe mucho virtuosismo gracias a la combinación de formación clásica con el culto por la música vernácula.Fue una fantasía presenciar cómo el grupo instrumental ganador, ‘Amaretto Ensamble’, sostiene la melodía a pesar de la deconstrucción de las notas que logra con sus bandolas, tiples y guitarras. O al dueto ganador ‘Cafecito y Caña’, del Valle del Cauca, jóvenes intérpretes que ya son maestros en la Escuela de Música de Chicoral, situada en inmediaciones de Bitaco, en las estribaciones de la otra cordillera, la Occidental.Y un público extasiado proveniente de todos los puntos cardinales del país anima a los suyos y al mismo tiempo aplaude a los otros, mientras en silencio propio de una misa escucha las interpretaciones. Es de los pocos espectáculos que se graba en vivo para producir cada año un disco prístino que da testimonio de lo que allí aconteció.Todo esto animado por los enormes esfuerzos de Jorge Humberto Escobar, Bernardo Mejía, Julián Salcedo, Luz María Zambrano, Julia María Fernández de Soto y otros titanes. Y en el escenario María Isabel Saavedra y Juan Consuegra, guías de lo que va ocurriendo en el programa como grandes músicos que son.Para cerrar con broche de oro: ¡El remate! La gente sale del coliseo, que en memoria del mejor se llama ‘Gerardo Arellano’, a buscar más música, así se llena Ginebra de cantos, notas y acordes hasta la madrugada, con retumbar de tiples, guitarras y bandolas en sus calles y casas, así como en las hermosas haciendas de esta tierra generosa.En una esquina disfruté la interpretación de un maestro de la talla de Raúl Castaño quien tocaba su piano mientras los Arellano animaban con su virtuosismo los bellos cantos, el maestro Héctor Raúl Ariza rasgaba el tiple y el requinto, y Julián Peña la guitarra.Bella muestra de lo que es el Mono Núñez y que bien vale la pena vivir, así sea una sola vez en la vida porque, como alguien cantó: ¡Siempre volvemos donde se tiene el corazón!

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