Xiomara (1)

Septiembre 06, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando estaba a punto del último ¡cuac!, el Profeta les escribió a los amigos Eduardo Escobar y Darío Lemos, para que me hicieran una invitación ‘en pandilla’ a sus casas de Medellín. Darío vivía por entonces con Puma, en la casa de los alacranes, El Palo arriba, y tenían a Boris de meses chupando teta; a una cuadra de distancia, Eduardo, recién casado con Amparo, en un segundo piso esperando a Lucas.El exceso de amor hacia la mujer, que era el amor de mi vida por ese entonces, nos hacía la vida imposible, nos estábamos sacando los ojos y no teníamos sino dos cada uno, el derecho de ella un poco estrábico, por lo que en una carretilla de dos caballos llevé los libros a la casa de las agujas, y empaqué para la capital de la montaña.Pasé primero unos días chez Darío, sentado a su mesa forrada en hule verde como su camisa. “Yo he tenido el mar siempre en mi mesa”, escribíale a la mesa sobre ella misma. Teníamos para leer a Maiacowsky y Perse y Michaux, por fina cortesía de Fabril Editora, mientras despojábamos de pepas los moños de la Sierra Nevada y nos comíamos en la noche el queso de los ratones. No hablábamos de Dios, sino de ese monstruo de millones de caras que es el ser humano sobre la tierra, cada cara con el antifaz de un pensamiento distinto.Una vez instalado donde Eduardo, en el camastro de su biblioteca, donde a duras penas cabía con mis problemas, llegó a visitarme el líder de los hippies de la Calle 60 de Bogotá, Manuel Quinto, con El tibetano de los muertos’ subrayado hasta la carátula. Yo me iba iniciando en el Kybalion. Eduardo seguía en su luna de miel sobre una cama antigua de barrotes dorados. Con Quinto éramos muy espirituales, pero también muy sensuales como cabe a buenos devotos de la iconografía de los templos hindúes; se nos podría catalogar misión: eros. Salíamos a caminar la noche entre los apaches cuando, en medio de la una y de los otros, hizo su aparición una niña, tendría doce años, o trece. Descalza, con una túnica blanca tirando a gris, y tal vez en vista de nuestras melenas helenas y, supongo yo, que de nuestra energía recién conectada con el primer dinamo, se sentó con nosotros sobre la hierba del parque Bolívar y nos ofreció fumar con ella un cachito. Los atorrantes que merodeaban, nos despachaban miradas hirientes como colmillos. Le pregunté cómo te llamas y me contestó Xiomara. ¡En semejante traba escuchar la palabra Xiomara de esos labios de leche pura! (Años después, cuando remembraba esta historia, la Maga Atlanta, el amor de mi vida en ese otro entonces, había de decirme que Xiomara era la capital de la Atlántida, donde se refugiaron aquellos que se debían salvar.)¿Dónde vives, vive Dios?, preguntó Manuel, tomando la manita de Xiomara en sus manos de orangután. Vivo donde me encuentro y en este momento vivo en tus manos, le contestó, y se me alborotaron unos celos lejanos. Sabía que con ustedes me iba a cruzar esta noche porque tengo algo que darles -tragamos saliva-, y sé que van a quedar azules por el encuentro. Eludiendo la vigilia de la sarta de maleantes drogómanos, ascendimos como entre nubes a la casa del generoso anfitrión quien debería estar en el profundo reposo del himeneo. Llegamos tomados cada uno de una mano de la niña a quien ofrecimos posada para protegerla de los peligros de la calle. Aun no he dicho que era bellísima, como sólo puede ser un ángel a punto de lavarse la cara. Y su voz tenía un eco de ninfa. Le servimos leche y galletas. Como hacía frío y sólo teníamos una leve cobija le ofrecimos que durmiera entre los dos, el corazón de cada uno apretado contra su hombro, -de esa manera pensábamos que cada uno la protegería del imprevisible monstruo del otro-, y ella dijo que bueno, pero que le permitiéramos primero entonar su mantra y doblar su túnica.

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