Vivir la vida

Vivir la vida

Agosto 14, 2017 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Qué otra cosa se puede hacer en este mundo que vivir la vida, con todo el encanto y hasta esplendor que permita el desahogo económico o la llevadera pobreza, saludando al sol con la respiración a pleno pulmón, disfrutando del hoy pero con el ojo puesto en el día de mañana, pasándole el cepillo al caballo del amor por las ancas, brillando chapa en la noche de la discoteca, yéndose a temperar con la familia en las vacaciones, celebrando en el estadio los tantos del cuadro adorado, disfrutando del picadillo y sazón de los alimentos y de los pecadillos del sexo venial.

Para empezar hay que olvidarse de que solamente los ricos tienen derecho al disfrute de los dones de la existencia. Son incluso los que más problemas tienen por preservar el centavo. En cambio, en mi ya largo periplo no he visto gente más realizada que los jóvenes hippies de los 60 y 70, andando por el planeta sin un centavo, en alas de los aviones de propulsión a chorro lisérgicos, practicando el amor en una plena integración de clases sociales y de la mano de dioses todos asiáticos, autosuficientes en sus comunas donde disfrutaban de este mundo y los otros.

En ningún lugar he gozado más que en los bailes populares de mi adolescencia en los cien barrios de Cali, particularmente en Salomia, donde habitaban las chicas más lindas, como Gloria y Florencia Sánchez, Teresita y Lucrecia, a quienes nunca pisamos pues dominábamos la guaracha y usábamos pinreles de gamo. Eran los tiempos anteriores a los Juegos Panamericanos, cuando Cali era la capital del deporte, de la cultura, de la salsa, del civismo, y hasta del cielo. Y eran también los tiempos cuando la juventud concedía patente de inmortalidad, pues se pensaba que la muerte ni había nacido. Y hablo de tiempos peligrosos, con una guerra incubada que a duras penas está acabando, así muchos conspiran para que no se acabe, y había que andar con la lengua presta para la protesta y la denuncia, corriendo el riesgo de la bala perdida, como son todas las balas.

Parte del secreto del disfrute perpetuo es no salir de la juventud, que no necesariamente es inmadurez, y llevarla colgada como medalla sobre el pecho en la edad adulta, en la madurez, en la vejez y en la senectud. Hay que ver al ‘Monje Loco’, Elmo Valencia, en sus gloriosos 92, entonando sus himnos de risa cuando en medio de sus visitas un pájaro aleve le caga el poema que está escribiendo en los jardines del ancianato de San Miguel. Allí está siendo atendido por ángeles protectores, ente ellos la doctora Liliana Loboa, la enfermera Guadalupe y la anciana interna Rosalba, su lectora de siempre y su fan de antaño. Se le trata como la celebridad despojada de posesiones que ha sido toda la vida, entregada a forjar en la juventud el culto por ese poema sublime que es la existencia.

De lo que hay que cuidar el cuerpo es de caer en la enfermedad, que aparece de por sí, sin que nadie la llame, pero también puede ser mandada por un tercero brujo como el mal de ojo, pero también aparece porque uno se la busca. Tuve recién una hernia discal, generada según el dictamen facultativo por prácticas esforzadas de sexo acrobático, como el insufrible Kamasutra, de Vatsiayana, por lo que me recomendó cambiarme a El Jardín Perfumado, del Jeque Nefzawi, mucho más asequible al esqueleto del occidental ocioso.

Después de un semestre de dolorosas secuelas donde estuvo comprendida incluso la inmovilidad absoluta, he ido saliendo avante, a tal punto que en este momento me dirijo a ‘La Piscina’, ese sitio de diversión en la capital donde asisten las mujeres más bellas y complacientes. Al momento de pasarme la cuenta me negaré, alegando que cumplo por anticipado la Ley Clara Rojas, que me impondría una multa de hasta 23 millones por cancelarla. Lo que seguramente me conllevará un garrotazo.

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