Vivir bien vale una misa

Vivir bien vale una misa

Abril 10, 2017 - 11:55 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Bien o mal, aquí estamos. Me refiero a esos intrépidos muchachos del trapecio volante al que nos lanzamos. Hemos permanecido, contra todos los vaticinios. Predicamos con garra que el mundo se acabaría antes que nosotros, y nos sobrevivió, indiferente. Los mejores de nuestra generación han hurtado sus cuerpos, dejándonos el alma encarnada en unos trazos de tinta y oleo. Quienes hemos vencido la barrera de los 70 bailando en una sola pata, a una pata de conejo nos acogemos, para que nos siga la suerte. Y aquí vamos, con nuestro tiento o balancín sobre la cuerda floja, bregando por no dejarnos precipitar.

Temprano entregué mi fe al ateísmo, aséptica doctrina que nos purificaba de gérmenes trascendentes. Igual como queríamos hacer borrón y cuenta nueva con el mundo que nos legaron, con sus sistemas de educación y de gobierno, corruptelas y autopistas. Le pasamos a la historia la aplanadora. A tierra con los héroes y caudillos que nos libraron de unos bandidos para entregarnos a otros. Tuve la indudable fortuna de encontrarme con Jesucristo en un mesón de conspiradores y me encarreté con él y con su doctrina de amor y de convivencia, en una especie de cristianismo salvaje que comienzo a predicar a mis amistades, así sea sólo para ensayar de hacer milagros con sus saludes. Le digo al cojo, p.e., levántate y anda y, así no pueda hacerlo, queda muy agradecido porque la intención es la que sana.

Ninguna parte de mi cuerpo me duele, pero todo es dolor en mi alma de saltamontes. Tengo en capilla a varios de los más queridos amigos que me ha prestado la vida. Oro por ellos con toda la creencia en el milagro recuperada. Cuando el Señor llama a sus criaturas, Él no espera que todas le pongan bolas. Hay quienes “se aferran a la vida como a una muela tenaz -la metáfora es de Gonzalo Arango-, y a la raíz, como pluma de ala, que anhela eternizar su vuelo”.

El hecho de que todos nos tengamos que morir no quiere decir que sea hoy ni todos al tiempo. He perdido tantos familiares y tantos amigos y tantos amores y tantos compatriotas que casi que sólo la vida me queda, y ésa sí no me la voy a dejar quitar. Desde que estaba niño apunté en mi cuaderno de escritura en pena violencia: “Yo no pedí nacer, pero no por eso me voy a dejar matar”. Y no hablaba sólo de los asesinos armados sino de la misma muerte aparentemente inocente, esa basurera de huesos. Pues hay muertes naturales que también son un asesinato.

El poeta Dariolemos, cuando caminaba conmigo y miraba el horizonte de sus desgracias, sin importarle un reverendo comino la chaqueta de fantasía del atardecer de Medallo, exclamaba: “¿Es esto la vida?” Y yo, como el bonvivant de que me preciaba, lo consolaba: “¡La vida es todo!”. Él insistía en su quejumbre, hasta que lo apoyaba el cielo con un aguacero de mierda. A uno le va como se ponga. Sin embargo, desde su silla de ruedas que empezaba a alejarse él me reiteraba: “Un día valdrá más mi detritus que el frasco de tu colonia”. El Givenchy se me acabó. Los poemas de Darío permanecen. Y eso que mañana cumple 30 años de muerto.

La vida no es un sofisma de distracción. Es afirmación del ser que no cesa. Escruto que la muerte no es la cesación de lo que hacemos y menos de lo que pensamos, que es lo que queda rodando. Algunos poetas menos románticos que yo pensaban que la muerte era una querida que reclamaba su turno. Otros evadieron el triunfo de la muerte saliéndole adelante con una pistola prestada. La muerte son unos puntos suspensivos finales.

Vivir bien vale una misa. El título de estos filosofismas está referenciado a mis cuitas, pero pienso que sirve para cobijar a Colombia. Cómo no. Vida mata muerte. Paz mata guerra. ¡Por Chucho!

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