Viudedad

Enero 18, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Es la peor edad de la vida, imagino. Las mujeres que se me han ido, ya se me habían ido antes con otro diferente al sepulturero. Son de extrañar, sin embargo, como todos esos numeritos que uno va tachando en la agenda. En el último año he visto a tres de mis más queridos amigos perder a sus esposas. He asistido de lejos a sus sepelios porque no me acudieron palabras para mitigar su tristeza. Porque sufría más por ellas que dejaban a sus romeos a merced de los elementos. Y porque el pésame seco es una palada más de tierra sobre el corazón dolorido. ¿Seré capaz algún día, pensaba, de hacerles llegar un pensamiento que en vez de remover su luto les sugiera que bien vale vivir la pena? Animal de costumbres se dice que es el hombre, sobre todo el que está habituado a recibir el periódico en la cama, las pantuflas en la sala y la cerveza en la biblioteca. ¿Cómo puede quedar un hombre que al otro día al despertar no tiene a su lado la costilla caliente con quien pasó caliente la noche, que le sirva el café caliente, le saque la corbata de rayas, le dé el beso de despedida y se quede arreglando la economía de la casa? Con esta experiencia del vacío es entonces cuando el alma se hiela.Ahora pienso del matrimonio -del que tanto renegamos los anarquistas de entonces, entre otras para evitar quedar viudos-, que es una bendición así uno no se case con la prospecta, pues el amor libre con su correspondiente unión libre se convirtió también en una bendición social y civil. No importa que la señora no sea la alegre muchacha del trapecio volante por encima del cubrelecho tejido por la suegra como regalo. Los viudos sufren más que las viudas porque en ninguna parte del mundo se habla de un viudo alegre. A lo sumo se chismorrea de viejos verdes, con sus canas al aire, pero éstos empiezan a ejercer cuando ya han dejado la casa en orden. Suelen salir muy perfumaditos a aspirar las rosas en botón de la calle, para recargar las baterías de la imaginación y continuar en la dura brega casera. Al desaparecer el marido muchas viudas pasan a ser un botín bien apetecible, por lo que les queda, pero los viudos por lo general no saben qué hacer con su pobre cuerpo, cuyos miembros se orientan a la ceniza. Más que al polvo. Que de ambos habla la Biblia. Existen excepciones notables, como cuando las viudas deciden sepultarse con el muerto, aunque en mausoleo separado, vale decir en mansión confortable, y a los viudos les desciende el cielo a las sábanas como premio por haber sido amantes piadosos con sus cónyuges diluidas. Suele vérseles con sus novias novísimas surcando los mares de la memoria en el Yate tengo, como bautizan la nave. Hacen lo que en 40 años no hicieron y se convierten en la envidia del vecindario.A mis amigos viudos de sus entrañables compañeras, con quienes compartieron ese tramo de la vida tan indeleble como deleitoso -a pesar de las tormentas-, les deseo que en honor a su memoria y al amor que recibieron, sigan tomando el mundo como una herencia centelleante, pues ya tienen un motivo de adoración a la altura de los dioses. No hay nada en este mundo que oriente y haga valorar más la vida que fue compartimiento que el muerto querido. Para lo que queda de mundo, es mejor dejar apenas entrecerrada la puerta del corazón. Así, la reencarnación del amor se hará posible en alguna esquina. A lo mejor en la misma persona con distinto rostro. Y si es en otra no importa. También seremos otros a partir de mañana.

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