Una flor para el suicida*

Junio 04, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

No sabemos lo que le ocurre a la muerte cuando pierde la partida. Tal vez para saberlo nos toque ponerla en jaque. El suicidio es el mentís a la muerte, su derrota hasta cierto punto. Es el impedimento de que se tome un territorio de donde no la han llamado. El suicida es el único que le saca el cuerpo a la muerte, le sale adelante frustrando su cometido, así termine por encontrarse con ella -de colado- en su vasto imperio. Suelen ser los poetas los mejores partidarios de este camino. Casi nadie que muere de muerte natural es mal muerto. Lleva todas las virtudes consigo. Pero el suicida te para en seco. No puede estar en sus cabales, es un sacrílego contra el mejor don de Dios. Tal vez sufriera depresiones. O una tara genética. O se le colmó la copa de gota en gota. Implica que te preguntes por el detonante que le llevó a tomar la fatal determinación, como si pudiera ser uno. Al absurdo de renunciar a la vida por mano propia. Jaime Jaramillo Escobar escribió hace muchos años un artículo sobre Silva, donde trataba de esclarecer los motivos de su suicidio, haciendo acopio de todos los estudios realizados hasta el momento. Y terminó con este hallazgo: “Silva se mató porque le dio la gana”. Y si Silva tuvo una herencia en la poesía y en la suerte, fue María Mercedes Carranza, quien en la madrugada del viernes 11 de julio de 2003, en el interior de su casa, a los 58 años de su carrera contra el tiempo, se suicidó por lo mismo: porque le dio la gana. María Mercedes Carranza era una canción a la vida. Todo lo tuvo, un padre poeta, una educación esmerada, buenos libros, la pasión por los viajes, el gusto por el buen vino y la buena mesa, sus amores tremendos o enternecidos, la hija fascinante, los cargos de acuerdo con su talento, los amigos del alma, los reconocimientos mundiales por su obra y por su trabajo en pro de la poesía y, para hacer más opulento su patrimonio espiritual, también sus grandes rencores. Porque era de un carácter que no resistía dobleces. Y seguramente que también era injusta sin darse cuenta. Poco caso les hacía a las poetisas. Con amigotes de toda la vida se peleó a veces por pendejadas. A uno de ellos, al que tildó de mal poeta en mi presencia en una parranda, quizás en broma, se lo ganó para toda la vida y después de ella, con sucesivos agravios de insania.El poeta García Maffla me expresa que, así esté alejado del mundo y sus figuraciones, quiere dejar un testimonio. Que él compartió con ella en la Universidad de Los Andes. Que coincidieron en el estudio de la lengua árabe. Que amaban por igual la tierra andaluza. Y que unos días antes de morir, don Ramón de Zubiría le dijo en la puerta del Caro y Cuervo que la Carranza era irremplazable. Alguna hermenéutica debe contener el mensaje de este cartujo. Creo que nadie más que ella hubiera podido operar el milagro de acabar con la inquina que durante años nos envolviera al poeta Roca y a mí. Nos invitó a cada uno por su lado a cantar a la paz en un Te Deum por el fin de la de los mil días. Cuando nos encontramos en el altar del templo no era hora de volverse atrás. Y una vez que cantamos supimos que era imposible decirnos: A la salida nos vemos. Y salimos abrazados los tres. Yo traté de hacer lo mismo con ella y su demonio. Se negó. Hay enemigos tan viles que no merecen la categoría de esa palabra. He visto a todos los poetas llorar por ella en la sala donde velaron a Silva. Menos a ese tal por cual que la malquería, y que pasaba gritando ¡Abajo la hiena! –que era el sobrenombre que le había colgado a la nena- por las ventanas de la misma casa. Y quien también me llama para pedirme que le de aire a través de esta columna a su revista y a sus libros. No será en esta oportunidad. Carroña. *En el décimo aniversario de María Mercedes Carranza, pido licencia para reproducir el artículo publicado cuando su muerte. Lo dedico a la incansable Gloria Luz Gutiérrez y su tertulia.

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