Un milagro en Navidad

Diciembre 29, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

El 24 de diciembre de 1957 don Cayetano dio claras muestras de que ese día iba a morir. De la habitación, sita en la mitad de la casa, salía un olor de yodoformo y agonía. La quejumbre era acompasada, lastimosa, y a todos nos tenía con el semblante severo. Desde por la mañana comenzaron a llegar sus hijos. Mi padre, quien compartía con el anciano la propiedad de la casa del barrio Obrero, y con quien tenía de vez en cuando amables reyertas por el reparto del costo de los servicios, presentaba el rostro más afligido. Me pidió que le acompañara a la galería Belmonte a comprar una paloma para hacer el último intento de curar al enfermo, a quien un viejo tumor hepático trataba de arrebatar de la cama.Compramos a una marchanta extenuada una paloma buchona que currucuteaba energía, y con ella entre las manos volvimos a la casa llena de gente. Entramos cuando salía el sacerdote de confesarle y aplicarle los santos óleos, aunque los pecados no deben haber sido muy claros por el débil hilo de voz que emitía en las últimas semanas el moribundo. Ya habían llegado sus cuatro hijos, quienes esperaban a papá para hablar de los trámites de la herencia de la parte de la casa. Sin hacerles caso, papá entró en el cuarto de don Cayetano, quien ya casi boqueaba, y pidió a una inquilina, doña Blanca, quien hacía el difícil papel de enfermera, que le abriera la camisa de la pijama, para dejarle descubierta la parte de la panza, donde estaba localizado el mal que se lo llevaba. Tomó papá con firmeza a la paloma en su diestra, y comenzó a sobarla sobre la piel del enfermo, mientras musitaba en voz baja unas palabras para mí ininteligibles, que no reconocí como las oraciones comunes. Años después descubrí que se trataba de un desesperado intento de aplicar el magnetismo de la paloma cual imán viviente, que pretendía trasladar el mal a la tórtola, por un contagio apoyado con ensalmos de fe. Siempre supe de papá que era sastre, pero hasta que encontré entre sus guardados el libro Memorias del descubrimiento del magnetismo animal, de Mesmer, nunca me imaginé que pudiera llegar a tener alientos de taumaturgo.Papá me pidió que abandonara el cuarto, en vista de que los ojos se me salían de las órbitas. Madre entretanto atendía a otros cuatro señores que habían llegado, y que se decían hijos de otras tantas mujeres de don Cayetano, para pasmo de los descendientes que conocíamos, hijos de la finada Dolores. Venían ellos también por eso de la casa, extensísima, a ver si cada uno podía tener derecho por lo menos a un cuarto. Mamá, abuela y mis hermanas menores, acompañadas por otro par de inquilinas, musitaban un rosario en el patio. Dos horas más tarde salió papá con una sonrisa de triunfo, en una mano la paloma desfalleciente y en la otra la cuenta de energía que le había entregado el agonizante, exigiéndole que la pagara él en su totalidad en vista de su mísero estado, consistente en que se estaba muriendo de hambre y que nadie le había ofrecido ni siquiera un buñuelo en plenas celebraciones de Navidad.Primero le trajeron un té cargado, en tanto le preparaban un caldo de carne que le fueron ministrando con la cuchara, al tiempo que le pasaban por la boca una servilleta. Luego engulló como un niño un buñuelo y una natilla. Mientras me dirigía con la paloma expiatoria a enterrarla en el patio de atrás, al pie del totumo, vi cómo los hijos reales e imaginarios se iban alejando de casa, a todas luces frustrados con el milagro. Don Cayetano vivió muchos años más, le vendió a papá su parte de la casa por una bicoca como reconocimiento por haberlo salvado, y se fue a vivir con la señora Blanca, en San Nicolás. Desde entonces, cada uno de mis hermanos y yo disfrutamos de cuarto propio.

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