Trata de ángeles

Trata de ángeles

Febrero 17, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Sueño que duermo con la mujer más bella jamás creada. Que la he conocido en la cafetería del Hotel Tequendama. Que al pasar por mi mesa y ver sobre ella el libro de Swedenborg, ‘Del cielo y del infierno’, se ha detenido para preguntarme en dónde lo conseguí, pues ella lleva toda su vida en balde buscándolo. Le digo que no recuerdo cómo lo hube, pero que puedo prestárselo. Iniciamos una conversación con Dios como clave, y los espaciosos aposentos celestes. Como acabo de repasar también a Borges y Bioy Casares en ‘El libro del cielo y del infierno’, soy sapiente en el tema. Con una joven terrícola, que para mí era el cielo en la tierra, por no decir que el cielo en el cielo, cesamos el idilio antes de ver derretirse la sensación inefable. En vela, ando con la divisa de Baudelaire encendida: “¿Qué importa Infierno o Cielo si he de hallar algo nuevo?”. Le hablo de mi categoría predilecta de ángeles, los hexaptérigos, criaturas de seis alas que pasan noches en duermevela con pacientes de sueños reiterativos. Despierto como un bienaventurado, seguro de que voy a encontrarla. Y luego de bañarme y ponerme un poco de esencia de sándalo en los talones, he marchado a la Cafetería El Virrey, con el libro del visionario sueco bajo la axila. Pido algo afín con la expectativa celeste, una aromática de azahares. Y, tal como la vi en el sueño, ella se acerca con su blanco traje liviano y me pregunta sin mirarlo de dónde saqué ese libro que tengo sobre la mesa. Respondo que no recuerdo cómo lo hube, pero que puedo prestárselo. Y le hablo de la matrona grave y airosa de Jeremy Taylor, que andaba con un cántaro y una antorcha, el uno para apagar el infierno y la otra para incendiar el cielo. Porque hay que amar a Dios tan sólo por Él. Se nombra Maribel, y le extraña que hable de temas metafísicos tan impropios. Se aloja en el último piso de Rascacielos Tequendama, hasta donde la acompaño portando el libro, con la sosa disculpa de que es muy pesado. Me invita a un té de jazmines en el espacioso aposento. Mientras lo voy degustando a sorbos muy cortos, me cuenta que no sabe de dónde viene ni qué diablos está haciendo aquí. La expresión me perturba, nada digna del ángel que me figuro. Cada pie retira la sandalia del otro pie. Tiene una cruz marcada bajo las plantas, para pisarla. Es jenízara, ese es el sello. Me pide que le lea unos trozos del libro, que le regalo con galante dedicatoria. Le leo hasta que nos quedamos dormidos, cada uno dentro del otro. Esa noche sueño que ella me pisa los pies, porque el mismo sueño me ha dicho que hay otra mujer más bella que ella, con la que voy a dormir mañana. Que la voy a encontrar en el restaurante Andrés Carne de Res vestida de rojo. Que tendrá sobre su mesa el libro de Swedenborg y que debo preguntarle dónde lo consiguió, pues yo llevo una vida inútil buscándolo. Dejo dormido a mi ángel mahometano, con un beso debajo de cada planta, y luego de un paso fugaz por el baño turco y por mi estudio para cambiarme de pantaloncillos, salgo para el restaurante de Chía. Sobre una mesa está el libro pero no hay nadie en la mesa. Lo abro y encuentro la dedicatoria: “A mi ángel soñado, último ser que me ha donado la vida”. Frase ambigua, jugarreta del inconsciente. ¿La vida me la habrá dado a ella, o será ella la que me ha devuelto a la vida? Pregunto a la mesera quién está en esa mesa. Me contesta que una mujer de rojo, Belibel. La busco entre mil personas que bailan. En mitad de la pista ella gira como un derviche. Es la misma, y, aunque más bella que anoche o que la de anoche, ya no es un ángel. ¿O será un ángel del infierno? Me le acerco bailando como un sufí. Me dice: “El paraíso tiene la forma de un hombre. El infierno de una mujer”. Me condeno.

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