Tío Emilio

Julio 08, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

En casi todas las familias de mis compañeros del Santa Librada había un tío Emilio, que por lo general era el guapo, el aventurero, el que había viajado más lejos y había vuelto lleno de rupias y con consorte extranjera. Extrañaba que en los corrillos casi ninguno hablara de las proezas de su papá sino de su tío. Seguramente el tal tío daba más licencia para la exageración que el bueno del proveedor de nutrientes, reconocido por los compas en las entregas de notas, en las fiestas de la madre y en las sesiones de clausura, más bien mermado de ímpetus por la brega de cada día. El tío en cambio devenía en un mito, merced a la fabulación del sobrino con licencia para sobregirarse en exorbitancias. Mi tío Emilio, decía Iván Bueno, tuvo una hija que a los 16 se voló con un cura y él se armó de un revólver y los persiguió por cielo y tierra toda una década y cuando al fin los encontró instalados en Roma, haciendo caso omiso de las súplicas de su hija que le imploraba por su pequeño Emilio que había nacido con tonsura, ahorcó al abate alevoso con el cordón del hábito que había colgado. Y las autoridades vaticanas no sólo lo absolvieron sino que le ofrecieron hacerse cargo de los guardaespaldas del Papa.Y el mío, contaba mi rival literario Aragón Luis Alfonso, estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre. Tuve que aceptar que este pajudo era más imaginativo que yo, y que si seguía así hasta el Premio Nobel podría ganar. Sin embargo me sonaba que en alguna parte había oído esa fantasía. En mi casa de San Nicolás compartí con dos tíos, el uno carnal y el otro político, el hermano de Jesús y el esposo de la tía Adelfa. El primero era amante de la pesca y el otro de la caza. Emilio disponía de cañas, carretes, anzuelos, líneas, giradores y señuelos mosca. Detestaba la atarraya y la dinamita, y las armas de fuego al extremo de odiar el fuego. Vestía un atuendo claro de chaqueta sin mangas que coronaba con una gorra de amplia visera. El segundo, Picuenigua, resistente liberal en contra de la pajaramenta chulavita, iba de caza con su escopeta para practicar el tiro al blanco, pero también llevaba su pistola al cinto, una Colt Caballo, por sí aparecían los pájaros disparándoles a las escopetas. Era muy parecido a Humprey Bogart. Cuando regresaban de sus menesteres deportivos, si es que puede considerarse deporte el escamotear los peces del agua y las aves del cielo, en el hangar de celebraciones se empacaban sus anetoles y cada uno llegaba a casa con la carga del otro, Emilio con guaguas y guatines e iguazas y Picuenigua con unos peces del tamaño del que pescó en el mar el viejo de Hemingway. Tal como el cazador, el tío Emilio iba también en grupo de amigos, pero cada uno escogía un brazo del río para sumergirse a su suerte en la soledad y el silencio. Supongo que era una suerte de meditación peligrosa. Porque el maestro Echandía, definiendo el período de nuestra primera violencia, dijo: En este país no se puede pescar de noche. Mi tío Emilio contaba que cuando a veces se encontraba con pescadores de la corriente azul, y se negaba a colaborarles prestándoles sus sofisticados cebos para el anzuelo, ellos esperaban que bajara flotando uno de los habituales cadáveres, con toda seguridad de un liberal, le arrancaban un pedazo de oreja como cebo para su pesca, y volvían a empujarlo corriente abajo. El tío Emilio murió hace dos años, hoy cumpliría 100. No pude acompañar a mis primos Javier, Gloria y Raúl y sus hijos a la misa. Pero desde la otra orilla, que es el vivir, les testimonio que fue un liberal, ejemplo de verraquera, al dedicarse durante la feroz época de la Violencia, a pescar de noche.

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