Terroristas del Dharma

Terroristas del Dharma

Enero 04, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

El existencialismo era insufrible para los nadaístas de Cali, por la sencilla razón de que vivíamos en la sucursal del cielo. Por más que uno quisiera sacar a flote la angustia, tan de moda por esos tiempos, se notaba que era una pose. Uno no podía decir que estaba podrido, a las cinco de la tarde, en plena Avenida Colombia, contemplando el desfile de la brisa por entre las faldas levantadas de las muchachas. Eso estaba bien en Medellín, que era una ciudad llena de complejos, donde el clero dirigía las costumbres y el trabajo productivo era el orden del día. En Cali lo teníamos todo, el Festival de Arte presentaba los mejores espectáculos y traía a los más grandes artistas internacionales, se había fundado la Librería Nacional, en cuya cafetería ostentábamos nuestra cultura underground, Bellas Artes trabajaba a todo vapor, la Tertulia tenía una actividad retumbante. En el Café Colombia y El Tamanaco nos familiarizábamos con la revolución sin patas. Cuando nos desdoblábamos, íbamos a tirar paso al bar Picapiedra, de ‘El Grillo’, y terminábamos en el Calvario, en el Bar de Efraín, donde nos encontrábamos con ‘la Mona’, que hacía las delicias de todos. Cómo disfrutábamos ‘la risueña’, dándonos humos de poetas redentores del mundo que ni siquiera conocíamos más allá del pasonivel de la 25. Eran los floridos años 60, cuando las camias dieron lo mejor de sí. Y creo que también nosotros. ¿Y quiénes éramos nosotros, incluido éste que les desea feliz año? Jaime Jaramillo Escobar, que por entonces firmaba como X-504; Alfredo Sánchez (+), quien dirigía en El Crisol el suplemento Esquirla; Diego León Giraldo (+), que estudiaba en la Universidad Nacional; Elmo Valencia, que acababa de regresar de Norteamérica, Dukardo Hinostroza, quien muy pronto partió para California; Armando Romero, viajero impenitente hoy con residencia en Ohio, y mi hermano Jan Arb, amén de la corte. Había otros dos, muy particulares, el uno conocido como “el nadaísta de Cartago”, Alberto Rodríguez, y el otro como “el nadaísta de la Contraloría”, Augusto Hoyos. A pesar de sus sobrenombres, estos últimos renunciaron a escribir ‘poesía nadaísta’. Tal vez las parecía un disparate. El primero, con indudable talento descolocado, se dedicó a la insidia a través de la lengua viperina, y el segundo, con su ancestro de piedra pensativa popayaneja, se entregó a cierto tipo de meditación trascendental que nos sacaba de quicio. Para escurrirle el bulto a la praxis revolucionaria, a la que no fuimos muy dados por esa física pereza de los inquilinos de la torre de marfil, acudimos a doctrinas de Oriente, y así, el Monje Loco y yo nos incorporamos al budismo zen, y Alfredo y Augusto se fueron con Krishnamurti. Había que ver a estos disparados terroristas del Dharma, vueltos un ocho entre Bakunin y Lanza del Vasto, entre Gandhi y el Tío Ho. Me gustaba conversar con Augusto, porque afirmaba que no había que seguir a nadie, tal vez para justificar su no afiliación oficial al grupo. ¿Y eso quien te lo dijo?, le preguntaba. Krishnamurti, me respondía. ¿Y entonces para qué lo sigues?, contra atacaba. Porque el mismo Krishnamurti se separó de la Sociedad Teosófica, que lo había ‘mesianisado’. La argumentación se quebraba. En ese tiempo todos andábamos con un poema en el bolsillo de la camisa, como un botón de olor. Se los pasábamos al poeta Marco Fidel Chávez, quien dictaba sus arbitrarias sentencias. Augusto publicó el libro ‘Monólogo de un dios triste’. Me cuenta mi hermano que en los últimos tiempos merodeaba por el cristianismo. Tuvo la tragedia de la muerte de un hijo de 25, de cáncer en la sangre. Eso lo llevó a reforzar la bebida. El 2 de diciembre de 2010 alcanzó el plenilunio. Era el día de la consagración del poeta Chávez. Durante esa ceremonia sus amigos poetas le ofrecieron el postrer homenaje.

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