Terrorismo poético

Enero 11, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Como los nadaístas éramos menores de edad, casi todos teníamos 18 años -Gonzalo Arango, el fundador, tenía 24, 25-, y éramos de provincia y de clase media baja, seguramente no íbamos a tener acceso ni a la publicidad ni a la publicación en los medios masivos que por entonces eran los suplementos literarios de los diarios El Tiempo y El Espectador de Bogotá. Para darnos a conocer de inmediato teníamos que apelar al escándalo y la propaganda, como ir a hacer el amor en los cementerios, y ordenarle al voyerista sepulturero que avisara a la Policía para que nos capturaran, muertos de miedo. Una vez Gonzalo Arango dijo “se está realizando un encuentro de escritores católicos en Medellín; vamos a sabotearlo”, y escribió un panfleto tremendo, Mensaje bisiesto a los escribanos católicos, y fue con sus amigos y lo distribuyó en el paraninfo de la Universidad de Antioquia en hojas volátiles. Alguien consiguió algunas de esas bolitas de vidrio que tienen dentro un ácido, asafétida y cloroformo, y las quebraron en la nariz de los vejetes, por lo cual encarcelaron a Gonzalo Arango, lo tuvieron en la pavorosa cárcel de La Ladera un par de semanas.Posteriormente varios nadaístas asistieron a una santa misión española que llegaba a la Catedral Metropolitana de Medellín. En plena ceremonia de medianoche cada nadaísta comulgó y se sacó la hostia y la guardó en el pañuelo de la novia, en la libreta de apuntes, en el libro que portaba. Por ejemplo, Darío Lemos la guardó en La peste de Albert Camus, pero con tan mala suerte que se le cayó y para que nadie viera la tapó con el pie, ante lo cual alguien gritó “¡Sacrilegio!”, y el hombre, para que desapareciera el cuerpo del delito -es decir, el cuerpo de Cristo-, la frotó con la suela de su zapato hasta dejarla convertida en una harinita. Terminaron todos excomulgados por el Vaticano y en la penitenciaría de La Ladera.Posteriormente a otro poeta, por el virgo de su novia que se comió virgen como ella, también lo llevaron a La Ladera, a otro porque no tenía papeles de identidad ni de sanidad, a otro porque lo sorprendieron encendiendo un porro y a otro porque robo un libro de Abbie Hoffman titulado Robe este libro. Eran los delitos por los cuales pagamos cárcel. Hace tres años el Alcalde de Medellín convirtió esa tenebrosa cárcel de La Ladera en parque biblioteca y, como desagravio, nos invitó a los nadaístas sobrevivientes a que la inauguráramos, y nos dio todas las excusas estatales y tales por habernos embutido en esa cárcel por crímenes inexistentes y allí escenificamos las Memorias de un presidiario que había escrito Gonzalo durante su reclusión. Posteriormente los nadaístas emplazamos al Alcalde de Cali para que destruyera la estatua de la María -María es la célebre novela romántica de Jorge Isaacs-, y en su lugar erigiera el busto de Brigitte Bardot desnuda. Gracias a esos escándalos nos abrieron las puertas literarias y comenzamos a publicar nuestros cuentos, poemas y manifiestos. Era el terrorismo que utilizábamos por entonces; como ven, un terrorismo bien inocente, terrorismo verbal, por el cual nos amenazaban los picarescos tribunales militares con aplicarnos el consejo verbal de guerra. Cuando nos cansamos de eso porque vimos que ya se nos abrían las puertas de los periódicos, les dejamos el terrorismo a otros más tenaces y con mayores motivaciones que nosotros, como el señor Osama Bin Laden y los que ya conocen en nuestro país.

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