Te amo a morir

Te amo a morir

Mayo 22, 2017 - 11:55 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando la persona que se supone su amor le dijo a boca de jarro que le gustaría verle muerto, supo el amante cuánto ella también en verdad le amaba. Se necesita adorar hasta el fanatismo para desear contemplar su tesoro iluminado con cuatro velas en esa última instancia que son los ojos apagados y las yemas de los dedos heladas, en la postura inmóvil que no recomienda ningún manual amoroso, cuando ya sólo se es un saco de huesos a la espera del carro fúnebre.

Lo sublime de la tragedia de Shakespeare consistió en que los dos amantes de Verona se contemplaron cadáveres cada uno a su turno. Es en la muerte donde se reconoce uno mismo en el rostro de su amoroso. Ante la faz augusta del querido desencarnado  -de quien no quedan más que sus pertenencias y su recuerdo apostando a cuál se gasta primero-, se pone a prueba el corazón del sobreviviente. No viene a cuento el torrente lacrimógeno, con que miden el sentimiento los testículos del entierro. El mundo será o más amplio o más angustiante con una costilla faltante. Aunque a decir verdad, al hombre a partir del paraíso es poca la falta que le hace.

Al ‘te quiero más que a mi vida’ y al ‘te quiero a morir’, supera en intensidad sincera el ‘te quiero ver muerto’. Es un deseo de esos que basta manifestarlos para que comiencen a cumplirse por dentro. En adelante todos los gestos, desde las miradas y las caricias hasta las atenciones y las arteras disculpas, serán sonrosados verdugos al servicio del anhelo fatídico.

Poco se preocupan en conocer los amantes los verdaderos sentimientos empollados en sus amados después de haber arrugado las sábanas de la cama y fatigado los cuerpos cavernosos. En eso del amor no funciona el control remoto. No hay obligación más difícil que la de amar con el corazón desinflado, a quien ya no se le escuchan sus requiebros sino la caldera de sus ronquidos, a quien trata de hacerse dueño de la vida del otro simplemente porque ve por su vida. El suponer que están condenados a amarlo a uno puede hacer que el condenado sea uno. Ya nadie muere de amor pero por amor sí pueden matarlo. O para negarse al amor que murió primero. Vimos el caso del taxista, que después de sortear las miles de posibilidades de asesinato que corren en las noches de su profesión, vino a morir degollado a manos de su mujer y compinches, entre ellos el amante de su hija, en un remedo de tragedia griega que ni siquiera nos conmueve. Bastante sufrimos ya con Agamenón.

No pocos biólogos filosofantes han encontrado una singular simetría entre el orgasmo y la muerte. Incluso llaman al primero la muerte pequeña. Postulan que el deseo crece progresivamente hasta alcanzar el nivel de horror, como sucede con la araña epeira de Madagascar. En la primera mirada de atracción hay ya un convite a un mutual exterminio. Lo que indica que toda atracción es fatal, sobre todo la de los cuerpos. Suele el matrimonio hacer de bombero refrigerante del amor pasión exterminador, pero el papel de la sensualidad amorosa consiste en entregarse a una destrucción recíproca así sea por el frotamiento y el embate, para no entrar en apuestas sangrientas y en caballadas aberrantes. En esa forma aniquiladora se equilibran las cargas con el latente milagro procreador. Y esto en las parejas bien avenidas. Hay otras en que cada posesión se convierte en una cuchillada correspondida, anestesiada por el contrato social y el obligado silencio para que no despierten los chicos.

Al “me gustaría verte muerto’” que más que una imprecación fulminante considero el requiebro supremo de su amada desmotivada, puede oponerse como  conjuro, el verso ese sí patético de la uruguaya Idea Vilariño, al final de una larga letanía acerca de lo que ya no sucederá al separarse de su consorte: “No te veré morir”.

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