Sonata de espectros

Sonata de espectros

Junio 29, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

La noche de clausura, cuando el padre Silva me entregó un cartón sin firmas, después de la fiesta que de todas maneras me hicieron en casa, me encerré a decidir qué iba a ser de mí sin opción de estudiar alguna carrera para ganarme la vida por culpa del álgebra de ‘Atila’ y la trigonometría de ‘Morocho’ –qué envidia con Diego León Giraldo, quien marcharía a Bogotá a estudiar sociología– y tiré a cara y sello si me inscribía en artes marciales en el Gimnasio Olímpico o en artes escénicas en el TEC. Ganó el TEC.Marché, pues, a matricularme de histrión, como me moteaba para burlarse de mí Alfredo Sánchez, en el Palacio de Bellas Artes, que dirigía Néstor Sanclemente, quien bebía aguardiente en la tienda vecina y me ofreció el primero de la mañana. Era el asesor contable el poeta Éber Cordobez, quien me indicó que debería ingresar en el curso de Ruquita Velasco. Ésta, de entrada, me puso a improvisar un monólogo. En esas estaba cuando entró Enrique Buenaventura con el escenógrafo Roberto Arceluz, quienes no cesaban de mofarse de mi deleznable figura. Me pidió Berta Cataño con una escoba que desalojara el teatrino porque el gran intérprete gaucho Pedro I. Martínez debería ensayar su papel de Edipo. El actorzazo me pasó unos billetes y me pidió que le consiguiera en la tienda, sin que se enterara Sanclemente, una botella de vino seco. En la tienda sonreía el pintor Hernando Tejada, quien tomaba gaseosa con una linda modelo que acabaría de pintar y me presentó. “Yo soy Marlén y no es necesario que me digas quién eres sino qué quieres”. Quedé tan deslumbrado que le pedí que me enseñara del Palacio la parte oscura, pues era alumno nuevo y no había pasado del primer piso. Me hizo señas de que la siguiera y terminamos en la terraza, que era el depósito de utilerías y allí, mientras nos besábamos con los ojos cerrados hicimos el amor en puntas de pie, ella subida sobre dos latas de vinilo. Cuando llegó la hora de ver estrellas abrí el ojo y –espiándonos entre los trebejos– alcancé a precisar las cabezas de dos figuras del TEC, Luis Fernando Pérez y Mario Ceballos. Hice caso omiso del voyerismo, acompañé a mi dama con quien a partir de ese momento viviría intensos años al piso de abajo, donde la esperaba su esposo el pintor excéntrico Enrique Calle, el mismo que luego de pintarla a ella con los colores del mar se haría famoso pintando atardeceres de San Andrés con los colores de ella bajo el seudónimo de Kat. Estaba acompañado por el buen mozo de Helios Fernández, quien había invitado a la pareja a cenar al Hostal, supongo que con sus terceras intenciones. Ella se disculpó diciendo que prefería seguir conmigo. Esta historia, sucedida en un solo día como el Ulises, no tendría nada de fantástica, por más que se remita a los 60, si no fuera porque tanto el padre Silva como mis padres y los profesores ‘Morocho’ y ‘Atila’, los nadaístas Alfredo Sánchez y Diego León Giraldo, el director de Bellas Artes Néstor Sanclemente y su revisor fiscal el poeta Éber Cordobez, el director del TEC Enrique Buenaventura, el escenógrafo Arceluz y los actores Ruth Velasco, Berta Cataño, Pedro I. Martínez, Luis Fernando Pérez, Mario Ceballos y Helios Fernández, mi mujer Marlén y su esposo Kat, ya no tienen residencia en la tierra. Mientras cerca de la cima de la montaña, contemplando la caida de la tarde sobre la serranía de El Tablazo, en la capital, saboreando un tequila Herradura añejo y a salvo de la parca, tejo esta historia en la que me resultan todos los personajes rulfianos. ¡Qué susto! ¿Cuál de estos espíritus será el que venga esta noche a jalarme las patas y a descorrerme la cobija? Me imagino que Pedro I., a quien nunca le llevé el vino.

VER COMENTARIOS
Columnistas