Sigifredo y la poesía

Marzo 19, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

En la feria del libro de Bogotá, Caza de Libros lanzará el volumen de versos de Sigifredo López Rescatado por la poesía, con prólogo del suscrito. Él me dice, modesto, y sin querer ingresar a la fuerza en el sanedrín del parnaso, que la calidad de sus versos la juzgará el futuro, pero que la función que esos poemas cumplieron fue mantenerlo con vida. Y con fortaleza para encararla. Pues sabe que es labor del poeta escribir para enfrentar a un mundo que es una herida. Y que en esa medida el hombre es poeta cuando sueña y vive, cuando añora y refleja su dolor. Esa actividad con la pluma le dio dignidad a su cautiverio. Esos poemas eran su tesoro portátil, unas veces en la mochila, otras veces en su memoria. ¿Y quién, si le da tanto valor al poema en esos abismos de la amargura y la emplea como lazarillo, no merece la nombradía de poeta, dándole a su vez ante el mundo a la poesía la categoría de ángel de la guarda? Con la poesía se han cantado las hazañas de los héroes y se han denunciado las desdichas de las víctimas. En este caso el victimado es además héroe de su propia resistencia en la tierra. He oído quejas de escritores con pretensión de profesionales de que los editores están desviando su labor publicando libros de diletantes, sin contar con las circunstancias de lo que vivieron o padecieron. En ello figuraría, en lo histórico, el Diario de Anna Frank, y en nuestro asombrado presente y país, la Memoria por correspondencia de Emma Reyes. Estos poemas de Sigifredo López no tienen la intención de transformar la poesía colombiana, ni colarse entre sus lumbreras, ni ponerse de ejemplo para que así escriban los poetas que vienen, que para ello tendrían que someterse a los infiernos por los que él pasó durante tanto tiempo. Es cosa muy distinta y hasta habitual, que en la profundidad de su biblioteca, acompañados de su ración de whisky con pasabocas, poetas libres escriban sus versos libres y conmuevan a la audiencia con la manifestación de sus cuitas reales o exageradas, que resultan ridículas comparadas con las que están de presente en estos poemas. Los poemas de Sigifredo paliaron la desgracia, atemperaron la desesperación, alimentaron la esperanza, rellenaron el vacío, mitigaron los dolores, endulzaron la amargura, apaciguaron los temores, detuvieron el suicidio. No son una crónica histórica de los siete años de cautiverio y penosa errancia, ni siquiera una queja contra la inhumanidad de sus carceleros, ni contra la indiferencia del Estado, ni contra la suspensión de sus sueldos, ni una confesión de desfallecimiento final. Es el uso del poema como oposición a la vecindad de la muerte dándole una vislumbre al futuro. Y sobre todo, de canciones desesperadas pero de amor a su esposa, a quien escribiera en su juventud las primeras, con la esperanza de hacerla suya, como lo logró en realidad. La belleza de estos poemas radica en la dureza de su vivencia y en su sinceridad, en su desgarramiento, en su interrogar al vacío “¿qué hago aquí?”, o “¿por qué me tocó a mí vivir esto?”. Con la poesía ganó Sigifredo la vida y la libertad, y ante este hecho, repito, gana la poesía al aparecer como milagrosa varita de supervivencia. El poeta liberado me ha dicho que, en su desencanto por la política a la que entregó su vida y por poco le cobra la misma, ha pensado en dedicarse a la poesía. Le he aconsejado que no abandone la política, actividad donde ha ganado y merece que se le abran las puertas de la reivindicación, dado que el pueblo es sensible a sus crueles e injustos padecimientos. En cambio, si se consagra de lleno a la poesía, es como si se entregara voluntariamente a un nuevo martirologio, del que ya no va lo salvará nadie.

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