Siempreviva

Siempreviva

Febrero 10, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando estéis terminando de olvidar la pesadilla del Palacio de Justicia, acordadme de recordárosla. No me refiero solamente a las acciones militares de los autores de las dos tomas, que terminó en la muerte por achicharramiento de 95 seres humanos contando 34 conspiradores, sino a la conversión en fantasmas de 12 sobrevivientes de la cafetería. De ninguno de ellos se encontró resto alguno que permitiera identificarlo. Quiero apoyarme en Miguel Torres, director del Teatro El Local, quien desde hace 15 años ha puesto La siempreviva sobre las tablas de un patio. La tragedia de una familia en una casa de inquilinato, a pocas cuadras de lo que fuera el más desprotegido búnker del mundo. Con base en averiguaciones adelantadas por su grupo escénico y testimonios de los deudos del personal de esfumados de la cafetería, se sirvió Miguelito de las licencias que el arte teatral permite, para remontarnos a la historia de esos patéticos 6 y 7 de noviembre de hace veinte años.Viven en el inquilinato pignorado al compraventero del cuarto de atrás, la madre con su hijo aprendiz de calavera y una hija estudiante en vísperas de graduarse a la que asedia un profesor leguleyo, y en un cuarto interior un mesero de cocteles con aires machistas y aspiranzas de mimo, enmozado con una suculenta morocha. Sus encuentros se suceden en el patio, donde arranca la vida llena de menudos conflictos de la gente con mínimas esperanzas. Hasta que se sucede la broma macabra de la niña que consigue un puesto temporal en la cafetería; el día que debe cobrar se opera la toma. Queda claro que la sacaron del Palacio a la Casa del Florero, porque un soldado diligente llama a la casa, donde su madre e inquilinos oyen las noticias espeluznantes transmitidas por Gossaín.No se trata del caso de Clara Helena Enciso, la célebre triste desaparecida que apareció. Tampoco de Irma Franco, identificada por los rehenes rescatados en la Casa del Florero y colocada tan aparte que terminó refundida. Aunque de ella se toma el episodio del soldado que llama a su casa. La pita de la madeja del drama se oriente hacia Cristina del Pilar Guarín Cortés, de 26 años, licenciada en Historia y Geografía en la Pedagógica. Con pedazos de tragedia, Torres hizo el rompecabezas. No se habla, a través de los personajes ni merced a maniobras de dirección, de derecho de gentes, de estrategias de lesa inhumanidad ni de tierra arrasada; no se adjudican responsabilidades al Presidente de la República, al Ministro de Defensa ni al Comandante del Ejército; no se condena el demencial arrebato de Almarales, Otero, Jacquin y los chicos malos; no se lamenta la suerte nefasta de los 12 magistrados de la Corte; ni se comenta la frase del teniente coronel consignada en el libro Noche de lobos por Ramón Jimeno de que los empleados de la cafetería eran todos del M-19 y se nos fueron y optaron por la espesura.Sólo que la madre enloquece de dolor y de búsqueda como las madres y esposas de todos los desaparecidos. Es una madre más de la Plaza de Mayo, que sale en las mañanas con la foto de su hija, y no termina por desistir en su búsqueda. No transige en firmar el reclamo de indemnización por 50 millones (“Eso no me devolverá a mi hija”) que le proponen el leguleyo y su hijo. Siente a su muchachita caminar por el patio: reanudan su diálogo y le enjuaga la cabellera sangrante en el lavadero. Porque no se sabe qué sea lo peor de un desaparecido: si el sentirse que está vivo cuando está muerto, o el pensarse que está muerto cuando aún está vivo.Ninguna madre del mundo, a nombre de ningún principio de insurgencia o contrainsurgencia, se merece un dolor tan grande. Así es, Miguel Torres, como lo plasma la soberbia interpretación de su elenco. Que recientemente fue aplaudido a lágrima viva en Buenos Aires, en función dedicada a las madres allí presentes de la Plaza de Mayo.

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