Si yo fuera millonario

Marzo 29, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Nunca busqué la riqueza derivada del oro, sino un poder de la mente que me permitiera poner el mundo a paz y salvo con su paz y con su panza. En ese sentido preferí seguir a Gautama y Gandhi que a Rothschild y Rockefeller. Cuántas nobles mujeres perdieron sus caudales por hacer camino conmigo. Dilapidé lo que ofrecían en trasegar un mundo sembrado de combates y más mujeres. Fue siempre mi obsesión que tanto la tierra como sus frutos -y los frutos del intelecto- estuvieran repartidos de tal forma que a nadie se le ocurriera matar al otro. Pero descubrí que vivimos en el país de Caín, donde cada día se mata a un hermano por lo que sea. Unos lo hacen con un beso, otros con una motosierra.Cuando caí en la tentación diabólica de considerarme uno de los hombres más ricos del Planeta, y manifestar en qué emplearía esa singular fortuna, me sentí más afortunado por cuanto podría contar, que por cuanto podría gastar. Ya he vivido lo mejor de mi vida; puedo decir que lo que tenía que beber ya me lo bebí, lo que tenía que fumar ya me lo fumé, lo que tenía que bailar ya me lo bailé, lo que tenía que tirar por la borda ya lo tiré. Y lo peor es que estoy de regreso reciente a Cristo, y lo que de él más me convence es el aspaviento de la pobreza. Con seguridad que no nací para nuevo rico. Iba a escribir nouveau rich, pero esa expresión ya sería un síntoma de neorriquismo.Pero tampoco soy tonto, así que no voy a dejar pasar la oportunidad de jugar al rey. Famosos escritores millonarios ha habido pocos. Mencionemos a García Márquez -a quien conocí comiendo empanadas en la Carrera Séptima a la salida del cine club-, el director de El Malpensante y Joanne Kathleen Rowling, la autora de Harry Potter. ¿Qué hacer con esta fortuna que me emparienta con el príncipe de Gales, con Bill Gates, con Andrés Carne de Res y con el ladrón de Bagdad? De los cien mil millones de dólares asignados por la impagable propuesta onírica, daría la mitad a mi consorte para de paso partir cobijas y arrancar hacia la satisfacción de mis apetitos y el cumplimiento de mi misión postergada. Para salir de una vez de la compradera de libros, aberración consuetudinaria, adquiriría la remodelada Biblioteca de Alejandría. Y para almacenar esos libros y leerlos antes de convertirme en momia, encargaría a un buen arquitecto que me diseñara y construyera una pirámide para aislarme en el momento propicio de los ruidos del mundo, mucho antes de acceder al sarcófago. Y pensaría en comer lo que no he comido, no por escasez de muelas ni de apetito, sino como prevención de la gota. Mandaría, pues, preparar todos esos platos exóticos que figuran en el libro Buon Apetito, Your Holiness: The Secrets of de Papal Table, de Mariangela Rinaldi y Mariangela Vicini, donde se rescatan los hábitos alimenticios de los Papas, desde las anguilas eléctricas que acabaron con Martín IV hasta los decadentes platos de polenta de Juan XXIII.Y me lanzaría a conocer esas partes del mundo a donde no me ha alcanzado para el tiquete. Sólo a veinte naciones me ha llevado de la mano la poesía, muy poco para lo que es la aldea globalizada. Me compraría el yate de Onassis, el ‘Cristina’, con las huellas -sobre los cojines forrados en escroto de ballena- de las nalgas de la Callas y Jacqueline. Lo rebautizaría ‘Ya te tengo’, montaría en él a unos pocos discípulos literarios y a seis modelos prepago de la televisión, especializadas en las poses del Kamasutra y el Ananga Ranga, y pondría proa a las islas griegas, desde la Ítaca de Odiseo hasta Patmos, donde san Juan recibiera del Espíritu Santo la revelación del Apocalipsis. En el camino iría escribiendo, también bajo la inspiración de la santa paloma en pantaloncillos, con pluma sobre pergamino, El sexamerón. (Continúa).

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