Septimazo

Mayo 14, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

He andaregueado por medio siglo la Carrera séptima de Bogotá y no se me han acabado ni los zapatos ni el pie. Y no es porque tenga unos taches inextinguibles ni un tarso y metatarso a prueba de tropezones, sino porque me ha acompañado una fe invencible en el triunfo de la poesía sobre la muerte. Y no de mi poesía, sino de la poesía de todos los de la tribu, mientras contemplo los quebrantos del mundo desde las ventanas de mi biblioteca. Cuántas veces no me cascaron por hablar así como ahora. Los versículos de los jóvenes poetas de provincias en el altiplano, por esas épocas, eran apenas balbuceos para los críticos altivos y la Academia. El reino era de los petimetres de piedra y cielo, atragantados con el lexicón del juanramonete y las consignas falangistas de Primo. Me limito a Carranza, pero éste significaba por derecha el piedracielismo, como Dalí el surrealismo, como el espiritismo Kardec.Amo a Bogotá como a una novia sin senos en un jacuzzi. La ciudad de las lluvias más acogedoras del mundo, como que en ella vivimos todos los pueblerinos con ínfulas de metropolitanos. A ella llegué con zapatos blancos, como Gaitán a París. Con un amor a cuestas y una caja de poemas en borrador. Acuestas los amores y en vigilia con el poema, que por más inspirado por el espíritu santo que se necesita carpintería, ebanistería y marquetería. Cepillar, lijar, pulir, taponar y enmarcar rompiendo los moldes. Eso hacía con esos versos broncos y callejeros que me había estimulado Ernesto Cardenal desde su seminario de vocaciones tardías en La Ceja, Antioquia, donde se graduaba de sacerdote para salir a tumbar la dictadura de Somoza dando pie a la revolución sandinista. Para que después pasara el Papa a zumbarle su coscorrón. En el Café Automático de la Avenida Jiménez me sentaba a tomar una cerveza, desde otra mesa mientras escuchaba la perorata galimática de León de Greiff, Luis Vidales, Jorge Zalamea, Arturo Camacho Ramírez, Germán Espinosa, Javier Arias Ramírez, Fernando Charry Lara, Eduardo Mendoza Varela, Fernando Arbeláez, Daniel Arango, Henry Luque, incapaz de allegarles mi cartapacio, convencido de que me iban a poner de patitas en la calle con carcajadas. Hoy no queda ninguno de ellos y aunque asistí a la mayoría de los funerales, lo único que heredé fue un paraguas descostillado.Después pasaba por El Excelsior, donde cogitaban ante un libro de Bataille o de Sade los poetas de Mito Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus, Junior Fajardo y Aurelio Arturo, quienes brindaban brandy con leche y regalaban Spoon river a los demacrados aedos municipales, con tal de que no desenfundaran sus infolios. Hoy reposan en la colina.Iba entrando a trabajar en el semanario ‘Nueva Frontera’, María Mercedes Carranza, con ese aire de amor a la poesía que le hacía a uno sentirse amado y con un dedo giratorio de la mano derecha indicaba que la llamara. Pero no para ver poemas.  Avanzaba al Yanuba, a través de cuya ventana me llamaba el poeta Mario Rivero para presentarme a su secretaria recién levantada, musitarme su último tango e invitarme a almorzar mañana. No me dio ocasión de estirarle la carpeta con mis rapsodias. Ya también salió Mario de circulación por la séptima; se hizo a un lado para darle paso a sus obras completas editadas en España por Francisco Cruz.Sigo vagando por la séptima buscando que se acaben estos  zapatos, por lo menos el astrágalo se me funda y no veo a ningún poeta de esos que hicieron mis días. También se resbalaron Raúl Gómez Jattin, el estruendoso y Jorge E. Leyva, el discreto.Ahora que logré imponer edición de Zona de tolerancia, con todos esos poemas a cuestas, suma de lo que extraje a cada uno de mis maestros, ya no tengo cómo dárselos a leer. Le va a tocar hacerlo por ellos, amigo lector.

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