Rosa de Coleridge

Septiembre 29, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Bajaba con Eduardo Escobar por una calle populosa hablando de ficción pura. Yo sostengo que la realidad es la mitad de lo que sucede. Él, que lo que ha de pasar, pasó. A nuestra derecha, contra los escaparates de modas, caminaba una pareja de jóvenes como extraída de una revista del Jet Set. Él se veía molesto por lo que ella le argumentaba. De pronto, toparon a otra pareja de conocidos que subía por la misma calle. La chica, que ya me había deslumbrado con su cabello de caoba encendida, sus dientes alógenos, sus caderas compactas y su maravilloso ademán, se dirigió a la pareja recién encontrada y le consultó, segura de que iba a recibir su consentimiento. —¿No es cierto que la nota es el casting? Ellos asintieron como si se tratara de algo que se caía de su peso, para desconcierto de su apuesto acompañante, que manifestó con un gesto su desagrado. Yo también, pecando de intruso, reafirmé a la chica en su convicción. Le dije que me desempeñaba como publicista y que estaba en lo cierto. Ella sonrió y continuamos caminando paralelos. Al llegar a la ancha avenida, el joven se despidió de su amiga para mi sorpresa, tomó hacia la derecha y abordó una camioneta. —Y ahora cuidado con dejarte seducir por el publicista.Ella tomó a la izquierda sonriéndome y Eduardo Escobar, desdeñoso, siguió derecho portando bajo el brazo un colchón de icopor que habíamos encontrado y con el que pensábamos hacer una instalación. Ella sacó una tarjeta y pensé que iba a entregarme sus señas, pero era una tarjeta electrónica que con un bip iluminó su número telefónico. —Apúntalo, dijo. Yo no llevaba bolígrafo, sino una estilográfica sin tinta que me había dejado mi padre y que nunca suelto. Entramos en un almacén de ropa interior femenina para poder escribir sobre el mostrador su nombre y número telefónico en el dorso de mi chequera. Quizás tenga la pluma un ápice de tinta para escribir. Le quedan dos gotas. —Mi nombre es Yoli Guerrero y el teléfono, 5130433.Se fue alejando mientras comienzo a sospechar que sueño. Me estremecí. ¿Pero de qué ciudad sería? ¿De la ciudad donde vivo? ¿De la ciudad donde estaba de vacaciones? ¿O de Nueva York, donde aparentemente sucede el sueño? El número telefónico no se corresponde con N.Y. Le marqué a Eduardo Escobar a Bogotá a participarle de mi inaudita fortuna con la modelo de ayer. La voz de un contestador automático me sonó en castellano antiguo. —Eduardo Escobar murió hace siete años y vive en Nueva York. Pasado un tiempo le cuento el sueño a mi cuñado con la chequera en la mano y él me dice que conoce a una Yoli Guerrero. No me atrevo a preguntarle por ella. ¿Qué tal si me dijera, delante de toda mi familia, que es fea? Opté por llamar al número en la ciudad donde estaba, que es Cali. —¡Aló! —¿Quién contesta? —Yoli, me respondió. No era la misma. ¿Tal vez la de mi cuñado? Nos citamos. Es bella. Viene en una camioneta conducida por su chofer, el vivo acompañante de la primera. Nos sentamos en la terraza. —Pareces de otro planeta, me dice. —¿Tú crees?Siempre pensé que era un marciano. Es más, que todos los habitantes de la tierra somos los antiguos marcianos. Elevamos los ojos. La luna está entrando en eclipse total. —Contemplar un eclipse quema un millón de neuronas por segundo, me dice; no mires más.Yoli Guerrero, bien podrías haberme dicho que te llamabas Rosa de Coleridge. “Si uno sueña con una rosa y despierta con esa rosa en la mano, ¿entonces qué?”.La contrato para grabar un comercial de sostenes. “Todas ellas buscan que las sostengan”. No tiene necesidad de hacer casting.

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