Retrato del artista cachorro

Septiembre 20, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Tengo tiempo y tengo memoria, tengo dónde escribir y quienes me lean, he dejado de berrear frente al mundo y lo que hago es reconstruir las vías por donde se ha deslizado la vida. Hoy tengo entre ceja y ceja a un personaje sobre quien me han solicitado escribir su caso y remembro acerca de sus inicios, en esa Bogotá que nos acogiera a los jóvenes poetas de provincias cuando todavía creíamos que el mundo merecía ser salvado.Nicolás Suescún era por esa época de comienzos de los 60 un intelectual joven, pero con una fama de erudito que le combinaba con sus elegantes chaquetas y mocasines, y con su crespa barba rubia, su sonrisa burlona y sus apuntes cáusticos. Acababan de encargarlo de la librería Buchholz y de dirigir la revista Eco, y estaba de novio con una de las chicas más lindas que merodeaban la Universidad Nacional, Stella Villamizar.Solíamos verlo muy ufano ingresando a El Cisne, cafetería bohemia en plena Carrera Séptima, cerca del puente de la 26, regentada por italianos y atendida por las meseras más pintorescas del mundo, más bien mayores y regordetas y de pelo churco bajo sus bonetes, con delantales azules sobre sus bastas batas de tela blanca. Cuando llegábamos los bardos y nos sentábamos a la mesa, y no pedíamos nada porque ni bolsillos teníamos, airadas nos retiraban las azucareras para que no calmáramos con ellas nuestra falta de calorías.Era la meca de los espaguetis a la boloñesa, que empacábamos con todo el entusiasmo de nuestros estómagos de poetas vacíos. Como quedaba cerca de la televisora nacional, allí llegaban a partir de las diez de la mañana los actores todavía maquillados, David Estivel, Pepe Sánchez, Alí Humar haciendo sus pinitos; y estaban los pintores con sus overoles manchados, Enrique Grau, David Manzur, Álvaro Herrán; y los músicos clásicos y modernos, Lucas Estrada y Pablus Gallinazo; y los cinematografistas Jorge Alí Triana, Jorge Pinto y Francisco Norden; y los actores de teatro Santiago García, Fausto Cabrera, Carlos Perozo, Carlos Duplat, Iván Rodríguez; y llegaban aspirantes a extras, travestis mimetizados, genios incomprendidos, incluso por sí mismos, poetas de vanguardia de la provincia, entre ellos la pesada nadaísta formulando la cuadratura del globo, Gonzalo Arango, Amílkar U., Elmo Valencia, Eduardo Escobar, Darío Lemos, Diego León Giraldo, Álvaro Medina, Mario Lafont, Luis Darío González, Thor Mussika, Patricia Ariza, Dina Merlini, Consuelo Salgado, Carmen Payón, Fanny Buitrago, Rubiela y Amparo Cadavid, así como García Márquez buscando a Marta Traba, ésta buscando a Feliza Burnzstyn, y ésta al Chuli Martínez, los dos últimos, con Hernando Valencia Goelkel y María Mercedes Carranza, sus más dilectos amigos.Luego de cenar, los que se podían dar el lujo, como Nicolás, quien comía mientras leía, sus envidiables raviolis y tomos de Thomas Mann, y de la cervecera bebeta, para la cual siempre había anfitriones muníficos, se terminaba en una casa por lo general burguesa, donde los anfitriones se daban el tono de compartir con los genios del modernismo. Hasta que terminaban echándonos cuando se acababan licores y comestibles, y cada uno salía en busca de su destino, que en mi caso era la Funeraria Gaviria, donde a buena cuenta de los muertos echaba mis motosos, después de un café cargado. Nicolás, quien a pesar de haber nacido entre los Palacios de San Carlos y de Nariño hace profesión de pobreza “de puertas para adentro”, tenía siempre cómo retornar a puerto seguro. Y armado con un cacho de la famosa Golden de la Sierra Nevada, se empeñaba en adelantar sus cuentos y poemas, por los cuales ha merecido el Premio Vida y Obra de la Secretaría de Cultura del Distrito.

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