Respetico con Andrés

Respetico con Andrés

Febrero 18, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Salí de Cali hace 44 años, abrumado de piruetas eróticas sin porvenir y canso de no poder esgrimir por prensa y radio mi extenso lexicón de vulgaridades, propio de la literatura de alcantarilla en la que me habían matriculado. Siendo caleñas y caleños en su comportamiento sensual proveniente del bailoteo bastante libérrimos -lo que se extendía a sus manifestaciones orales-, los medios en cambio eran ciertamente pacatos, vale decir, apegados a una expresión decente y castiza. En este casi medio siglo hice mi carrera, los medios de comunicación me abrieron sus puertas de golpe, en especial El País y El Tiempo, que me han permitido expresar mi pensamiento sin cortauñas. Debo referir que desde entonces me pulí en los tacos, no absteniéndome de decir cuando se hace imperativo palabras como culo o pecueca. Ni volví a darme cuenta de quién en mi patria chica se acostaba con quién, ni a qué horas, a hacer qué cosas, con cuánta regularidad, con condón o con vaselina. La semana pasada recibí una llamada de Radio Viva, donde el reportero Antonio Claros me invitaba a hablar de las viejas épocas del nadaísmo, de qué había sido eso, que se lo aclarara a la juventud de ahora, que en qué estábamos -este plural abarcaba al monje loco Elmo Valencia, hoy enfermo, quien viajó conmigo en el mismo bus de la Flota Magdalena que nos alejaba de los Juegos Panamericanos y de Juanchito-, de si era verdad eso que se decía en los años 60 de que los nadaístas no nos bañábamos. Y si seguíamos siendo los mismos marihuaneros de siempre, algo así, nada literario. Tuve que decirle que fumamos marihuana hasta que nos supo a cacho y que si entonces no nos bañábamos era porque nunca nos ensuciábamos en tratos con políticos, académicos o religiosos. Que la lucha del nadaísmo estaba teniendo frutos, no sólo por el caudal de belleza nueva que insuflamos al país, tal como puede verse en el reciente libro de arte sobre la obra de Pedro Alcántara, y en el hecho de que sea un nadaísta confeso, Humberto De la Calle, quien esté conduciendo con paciencia de monje zen las conversaciones de paz en La Habana. Pensó el reportero que me estaba poniendo muy serio y volvió al ataque. Si habíamos conocido e intimado con Andrés Caicedo, le dije que no andábamos con él porque era muy menor que nosotros (5 años), pero que su obra ‘Que viva la música’ era la novela nadaísta por excelencia, en su tema y su estética, y que a él debíamos consideración y respeto. A lo que recontraatacó el entrevistador preguntándome si sabía que Andrés era maricón, y que habría tenido relaciones por la época con otros escritores, en particular con Gustavo Álvarez Gardeazábal. Claros se las tiraba de más nadaísta que yo a través de las hondas hertzianas. Pero la ordinariez y la falta de respeto por un joven suicida que le ha aportado más prestigio a Cali que Jorge Isaacs, no puede confundirse con una conquista de los reclamos nadaístas de antaño. Me acoquiné y respondí de una manera elusiva que qué iba a saber yo de los enredos de catre de los escritores. Vi que venía la cuña de cortesía hacia la reciente obra gay del tulueño, quien sí se ha confesado toda la vida loca rotunda, pero me dolió por el pobre Andrés, a quien una reciente mano de cacorros ha resuelto volverlo suyo. Aunque no niego que haya sido posible. Cuando a Marlon Brando le preguntaron que si era homosexual, él contestó: “No más que cualquier otro hombre”. Yo le revertiría la pregunta a mi reportero Claros, y espero una respuesta sincera, ojalá por su misma emisora: “¿Tú nunca tuviste ninguna relación homosexual? ¿Ni siquiera con Gardeazábal?”.

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