Réquiem por un amor

Abril 10, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Una que entre mis brazos fue pura fragancia de paraíso, entre cuyos pliegues de seda fluyó caudalosa mi juventud galopante, por quien perdí cordura y kilos cuando me bajó de la cama, reposa ahora vuelta ceniza enamorada en el estuche donde guardaba mis cartas. Le sobreviven en mi gabinete la espuma de afeitar que me regalara en Nueva York cuando, 35 años después de nuestra ruptura, viajara como rufián poético a dar a conocer mi obra en el consulado, y aprovechara para reclamarle por la ruina de mis pasiones. Se la quité al pintor y me la quitó el cantante. Yo tendría 22 años caleños, demasiados para tan poco dinero en tantos bolsillos, ella 20, y ya sabía que el cuerpo servía para lo contrario de ponerse la ropa. Me propuse, con la fuerza de nuestro amor, redimir al género humano. Un poeta enviado de Dios y una modelo endemoniada oficiándole a la belleza era lo que necesitaba la nueva sociedad para calentarse e iluminarse. Fue mi primer amor, y podría decir que el último, por cuanto mis últimos amores resultaron lastimados por el primero. ¡Cuanto la amé, Dios mío, que todo el amor potencial de que me llenaste lo gasté en ella! Cuando ya me creía el rey de la poesía me puso unos cuernos que terminaron por tumbarme la corona con todo y pelo. Me prometí no volver a caer en la ingenuidad de amar a una mujer como si fuera la única. Qué vanguardista decadente haberme creído capaz de hacer con ella, o con una cualquiera otra, una leyenda inmortal a partir del monstruo de dos espaldas. No ha habido ningún amor inmortal feliz, empezando por el de Adán y Eva y Lilith. Todos se cifran en tragedias. Después de haberme ensañado con el cantante supe que él había sido el de menos, que los cuernos fueron cosa de cada día pero, como me confesó llorando lágrimas de cocodrilo en la terraza del Empire State, no lo hacía como yo por mi lado, para satisfacción de mi terca lujuria, sino porque de algo teníamos que vivir. En ese tiempo todavía se estilaba levantar la mano pretendiendo lavar el honor a coñazo limpio. Casi se me quiebran los puños. Antes de que alguno me explicara que no había que hacerse mala sangre por un polvo extraconyugal: “Tranquilo, que eso se lava, se seca y queda igualito”. “Marlén murió”, rezaba el lacónico mensaje de su hija Alexandra en mi contestador telefónico, “le dejó saludes”. En el último año oré por su recuperación todas las mañanas mientras me jabonaba con lágrimas en la ducha. Pero el cáncer fue más fuerte que mis plegarias. Había viajado a N.Y. en mayo del 68 para cortarme de tajo. De cuando en cuando me llamaba para preguntarme si en Colombia se había impuesto el perdón y olvido. Me reía sin deponer el rencor, sin darme cuenta que el bastardo había sido yo, pero ella siempre recibía feliz en su final celibato el sonido de mi beso de despedida.“Pasó a mejor vida”, me dice mi señora mientras remodela la casa. “Por lo menos mejor que la que yo le daba cuando vivíamos”, reconozco. Convivimos cuatro años deshaciéndonos en amor y treinta y tantos más lejanos que resentidos. Cada vez que ganaba un premio de literatura, le restregaba los poemas que me había hecho parir. Ella me contestaba que si hubieran sido poemas felices habrían resultado ridículos. Ahora que ella ha muerto en Staten Island, me asalta la sospecha de que tal vez logré mi propósito. Pidió que la cremaran, porque había oído que así reencarnaría más rápido. Y ella no podía vivir sin su vida. Debo reconocerle que gracias su entrega aprendí a vivir. Y a ser hombre y hasta poeta, así merezca un puñetazo en su memoria por injusto y por putañero. Y como mi maestro Henry Miller, a sacar partido del infortunio. Mi crucifixión rosada como escritor comenzó, no cuando yo quise ser otro Miller, sino cuando ella se dispuso a ser otra Mara. Amén, amor.

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