Rencor

Junio 02, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Hay quienes se toman su tiempo para escribir su obra maestra. A veces ni necesitan hacerla por cuanto ya la han padecido y gozado sin escribirla, pero a pesar de ello se empecinan y la hacen, para satisfacción de su corazón que estaba apurando. Óscar Collazos fue uno de los escritores mejor dotados de esa generación que comenzó a buscar la luz de las letras cuando abría la década prodigiosa de los 60. Llegó a Cali desde Bahía Solano con escala en Buenaventura, con el mismo fumadito de Albert Camus, y las ganas de comerse el mundo así hubiera que empezar haciendo las primeras armas con el marxismo. Fue un digno contradictor de los nadaístas que no nos decidíamos a meterle el hombro al Partido, con sus sosos dirigentes que nos prohibirían beber whisky, bailar rock and roll y aspirar incienso. De entre nosotros, fue quien mejor supo jugarse la literatura como aventura. Cuentista y novelista bendecido por García Márquez, muy joven viajó a Cuba donde ejerció un cargo cultural, pero como se sintió de la crema y nata de los condenados de la tierra, viró hacia la izquierda exquisita con rumbo Barcelona, Alemania y París. Se sumó a la movida de Mayo del 68, se casó y tuvo una hija que le sacó los mismos dientes de hierro, fraternizó y polemizó con el “boom”, se enredó con la Nobel austriaca Jelinek, y a pesar de tener a Europa abierta de piernas se decidió por el regreso. De Bogotá saltó a Cartagena, donde dio rienda suelta a sus dotes de sibarita, pero también a su apetito de destapador de ollas podridas.En su literatura se perciben dos objetivos aparentemente contradictorios. Mostrarse como un denodado defensor de la humilde criatura humana -lo que le quedó más de Camus y de Pontecorvo que de Nicolás Buenaventura y Gilberto Vieira-, y como un Don Juan de la prosa convertido en un benedictino del erotismo, una especie de Passolini. Escritor público espléndido, ganó dos veces el Premio Nacional de Periodismo. Pero nunca bajó la guardia de la creación literaria. Siempre estuvo preparando un libro. Todos muy bien escritos, ni más faltaba. Pero, por lo menos para mi gusto, ninguna de sus obras había alcanzado la dosis de maestría y compromiso, de crueldad y desgarramiento, de fatalidad y ternura como Rencor, la historia de una adolescente cobriza violada por su padre desde los 11 años, habitante de esa otra cara de Cartagena, que puede ser más bella que la que nos brinda el reinado. Porque la belleza también anda entre las flores del fango. A través de ese personaje ficticio, al momento en la cárcel por dispararle a la policía, se establece frente a una cámara la confesión de su vida, común a casi todos los condenados, que para mantenerse vivos con sus familias tienen que acudir a acciones extremas, delinquir y prostituirse. Pero el personaje que crea Collazos, Keyla Rencor, adquiere un carácter supremo, por cuanto a través de su expresión, que es el habla callejera y procaz propia del momento, del lugar y de los malandros, entona un canto nacional de denuncia y reclamo contra todos los que con nuestro silencio colaboramos a que estas situaciones inhumanas persistan. Metido en el pellejo de la víctima, el autor se dio el lujo de manejar la verborrea de los bajos fondos del ser aplicándole un riguroso y poético manejo de lenguaje y estilo, todo un Óscar de la academia.Desde la Lolita de Nabokov no me conmovía tanto con una pequeña, habida la diferencia de que la niña norteamericana era llevada de motel en motel por su infame padrastro –que es quien confiesa–, mientras nuestra mulata –que es quien acusa– luego del atropello de su papá en la oscuridad del tugurio y de la miseria en que vive, decide putiarse, como lo ha venido haciendo Colombia con muchísima menos necesidad.

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