Reinsertado triunfante

Septiembre 08, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

El haberse filtrado que iba a someterme a unos correctivos mediante cirugías estéticas en la nariz, los párpados y el cuero cabelludo -lo que terminaría haciendo de mí lo que siempre quise ser, el churro de la comarca-, despertó una serie de reacciones entre entidades y personas ligadas a mis intereses o mis afectos.Para empezar, la visa norteamericana se perdería, pues en las pantallas de sus organismos detectores de terroristas figuro -tal cual la foto del pasaporte- pelón, narigudo y ojichiquito. Abandonaría mis visitas a Disneyword, pero el ocio viajero lo dedicaría al tercer mundo. Me entrevistaría ahora con las jineteras cubanas, con las garotas del carnaval de Río y con las drags-queen de la zona rosa, con mi pinta de Valentino reencauchado, a fin de adelantar unas orgiásticas colaboraciones para la revista anfitriona, que me promete una fortuna por mis crónicas con final feliz, haya o no haya eyaculación. Porque aprovecho para declarar que me mamé de seguir cantándoles la tabla a los gobiernos por sus injusticias rampantes o sus nexos con criminales, lo que no sirve sino para darles la oportunidad de expresar que estamos en una democracia tan tolerante que cualquier perico de los palotes puede hacer la apología del perico sin que lo cuelguen de las pelotas.Mi mujer me tiene destinado al sofá porque, si me escogió como era, no puede ser que me le presente como otro. Es decir, no quiere ponerme los cuernos con un migo mismo más buen mozo que su marido. Y mis re mamones preadolescentes Salomé y Salvador me dicen que me verán como un ‘guiso’ si me les aparezco con pelambrera. ¿Y cómo me voy a aguantar a toda esa mano de feúchos caleños tildándome de ‘merengue’?Es posible que pierda las relaciones con quienes me fetichizan tal como he sido hasta ahora, y que las que en adelante de mí se prenden lo hagan de un Frankenstein de peluquería. La junta directiva de la Casa del Nadaísmo estudia mi expulsión ante mi flaqueza, que implica una traición a la impronta del ser y la nada. Ya me había perdonado el reciente maquillaje cristiano, pero seré inaceptable con una identidad trastocada. Menos mal que ya murieron papá y mamá. En mi casa de Cali, mi hermano y sus seis hermanas se están haciendo los pendejos, a la espera del resultado del escalpelo. Mientras no pierda los rasgos de los Arbeláez de Rionegro se me mantendrá el derecho a la octava parte de la herencia que aún no he cobrado. Jan Arb, que es un poeta cristiano, me ha observado que, si según mi reciente conversión religiosa pienso que ni un solo cabello se mueve de su sitio sin la voluntad del Padre, el atrevimiento de reinsertármelo equivale a contrariar el santo designio.O debería decirlo, no sólo por respeto a mi señora que menos mal no lee mis escritos, sino a mis fieles lectores que emulan a mi señora, que también mis fans se encuentran desconsoladas. Las menores me dicen que por favor no vaya a permitir que se zanje la diferencia de edades porque entonces qué gracia. Y las mayores que quedan que, si lo hago, no las volveré a ver en cueros ni por el forro.Mi apoderado parisino el doctor Alfredo Rey, autoridad universal en satelitología cósmica -no confundir con cosmetología ni satiriasis—, ha sentenciado que me considera el vago del siglo al prestarme al implante. Que si quedo, dada mi pasión de rockero, como un Rock Hudson ¡cuidado!, muy bien. Pero, ¿y si resulto con una desfiguración facial permanente, porque el frontis es la parte cenital de la faz? ¿Con qué cara le voy a salir a El País cuando me soliciten el cambio de la foto de columnista? Confiando en Dios, y en el doctor René Rodríguez, espero salir avante.

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