Reconciliación o catástrofe

Agosto 18, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

¿Quiénes eran los protagonistas de la primera violencia?, era algo que nos preguntábamos de chicos al contemplar en la primera plana de El País o de Relator los retratos del genocidio. Familias enteras de campesinos masacrados en su propia chacra, padres, abuelos, hijos y nietos, y en ocasiones hasta los propios animales domésticos. Y llegaba a divulgarse que el responsable físico era un campirano que comandaba una horda, al que le habían asesinado a sus familiares cuando era chico, se había salvado de la matazón, y se le había quedado sembrado el afán de venganza. De modo que si alguien con el afán de ampliar sus feudos o menguar los votos del partido contrario o simplemente mantener la zozobra pagaba por el trabajo, lo encontraba dispuesto. Desde ese tiempo hasta ahora, después de cada atropello, se pudo repetir el estribillo del poema Memoria de fuego y flores del embajador ecuatoriano Raúl Vallejo: “Pero no hubo culpables, sólo sicarios”.Esta reacción en cadena se ha ido prologando por más de medio siglo, contándose entre ellos por lo menos a un par de los protagonistas de nuestra política actual, el expresidentes Uribe, a quien las Farc le habrían asesinado a su padre, y el senador Iván Cepeda a quien agentes del Estado y paramilitares le habrían ultimado al suyo. Ambos tienen razón –¿o no?– en tildar a unos y otros de asesinos. Y de no querer transar con ellos. Si yo, que resulté más bien pacífico, hubiera visto masacrar a mi familia, a mi padre o a mi padrino como en algún momento estuvo a punto de pasar, con seguridad que cuando creciera habría estado dispuesto a matar y comer del muerto. Era casi una cuestión de honor la aplicación de justicia por propia mano, pero qué escasa vindicta resultaba victimizar a quienes no fueron para crear una nueva y creciente necesidad vengativa. Ya se ha masacrado a media Colombia. Si seguimos así, terminaremos por ver masacrada a la otra media. Por eso me la estoy jugando por el proceso de paz, así haya que tragar sapos calientes. Estoy de acuerdo con el perdón, pero en mi calidad de escritor y comunicador, nunca con el olvido. Si se pidiera olvidar, entonces para qué se crean tan pomposos Centros de la Memoria. La paz va a servir, entre otras cosas, para escribir acerca de esto que terminamos llamando guerra, y que tiene más las trazas de un holocausto. Me ha esperanzado y conmovido la información del pasado domingo, en El Tiempo –más la elocuente foto que la ilustra, con referencias lejanas al Angelus de Millet–, de un grupo de 30 exguerrilleros y paras cultivando la tierra en el Valle, en una finca cerca de Roldanillo, regándola con agua y no con petróleo, y “promoviendo un trabajo de reintegración rural y de formación con énfasis agropecuario en un entorno controlado como es la hacienda agrícola”, como conceptualmente lo manifiestan la ACR y la SAG. Se dirá que no tiene gracia, pues de todas maneras antes se habían unido a la vera de los ajusticiamientos para exportar coca, lo cual de todas maneras resultó un delito conexo, o sea que no es el mismo delito que desconexo. ¡Snif! Tengo incluso un recorte de Semana del año pasado donde se informa de los combatientes que son ahora empresarios, trabajando en Cali de la mano de Carvajal y Eternit. También se ha sumado Coca Cola, pues 35 de sus proveedores en Colombia trabajan con excombatientes. Se ha oído también de empresarios que han contratado como guardaespaldas a sus antiguos secuestradores, tal vez en el convencimiento de que estos se las saben todas. Porque tampoco podemos aceptar que se haya impuesto en Colombia el “síndrome de Estocolmo”.

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