¿Quién era Judas?

¿Quién era Judas?

Mayo 02, 2017 - 12:12 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Me perdonarán –o agradecerán– los cristianos de todo el mundo y de todas las edades del mundo, pero debo proclamar que el verdadero Cristo era Judas. Jesús de Galilea, con su prédica revolucionaria del amor y el perdón de los enemigos y sus indirectos milagros, su madre virgen y su corona de espinas, fue un redentor sustituto –necesario para que se llevara a efecto el misterio de la salvación de los pecados a través del más humilde siervo del Señor–, tan humilde que se echó sobre los hombros todas las maldiciones de la humanidad y llegó a convertirse en sinónimo de traidor. Suicida por añadidura, de esos que no enterraba la iglesia. Abominado como aborto de los infiernos. Réprob por más de veinte siglos, hasta que otro mínimo hijo de Dios diera cuenta de la herejía. Y así se efectuara su redención. Hasta a Nerón lo han reivindicado. Papini pidió perdón para el diablo y el Papa lo borró de la lista de los infiernos. Pero nunca se ha escuchado una palabra de piedad para Judas. ¿Será este la segunda venida del Cristo?

Ante la ocultación de su resplandor en la sombra y el rechazo, el Mesías espurio ganó para su nombre la adoración de millones de fieles, que han hecho guerras y matado a otros tantos millones de infieles para imponerlo. Que como Cristo Rey lo veneran, a aquel cuyo reino no sería de este mundo. La idea no es nueva. La esbozó Borges por ahí, al desgaire, y siguió tan campante como Campanella. Se me ocurre que podría hacer con ella una novela tan apasionante y apócrifa como El Código Da Vinci, a ver si me gano unos treinta millones de dólares, que es lo que necesito para terminar de salir de pobre y hacerme cristiano rico. Con seguridad que, o el mismo Papa o sus designados –que por algo se llama Jotamario– recomiende que ni se compre ni se lea. Y así se venderá y leerá el doble, porque los lectores –después del bochornoso índice de libros prohibidos por la Iglesia, que hoy son todos unos eternos best-sellers– no le comen cuento al criterio literario del Sacro Colegio Cardenalicio.

Es claro que el manso hijo de José no se propuso este fraude. Él cumplió con servir de cabeza de turco, como se lo encomendara Iscariote, el real y encubierto comandante de la insurrección de los 12 apóstoles. Quien lo refrendó dándole en la mejilla un sincero beso de gratitud y despedida delante de los soldados que le llevarían al verdugo. Beso que fue interpretado falsamente por la historia como traición. El hecho de que Jesús haya sufrido semejantes torturas y vejaciones no lo hace Dios. Si así fuera, en Colombia estaríamos llenos de dioses.

No hay que negar que Jesús hizo bien su papel, y por ello se ganó una adoración de 2.000 años largos. Pero mejor lo hizo Judas, y ya es hora de que se le reconozca. Su sacrificio no tuvo la épica resonancia de la pasión de su discípulo; fue la oscura tragedia del deicidio por mano propia. La tramoya la gestó inocente San Pablo, quien llegó tarde y no se dio cuenta del cuento, y como buen converso hizo su predicación a caballo. Y fue seguida por los concilios, que establecieron evangelios y dogma, amén de la imposición por fuerza o chantaje de la nueva Roma a los reyes europeos, más en exaltación de San Pedro, que también había muerto crucificado, por más veras patas arriba. El símbolo de este nuevo cristianismo ya no sería la cruz, sino la soga. Y la nueva casa de Dios la casa del ahorcado.

Esta no es una verdad revelada. Es sólo una reflexión durante la pasada Semana Santa de un escritor pendiente de la segunda venida de Cristo, y del Anticristo. Que a lo mejor no vienen como mansa paloma y buitre feroz sino en forma de proyectiles nucleares a poner el punto final. Cuando no creía en nada, ningún problema ponía a prueba los meandros de mi mente frente a los misterios de la trascendencia. Algo me ha abierto los ojos. Espero no haber desatado la furia de los santos penitentes. Amén.

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