¡Qué vivan los novios! (2)

Abril 03, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Ya era un adolescente bien avanzado en lecturas disociadoras: el diccionario filosófico y todos los enciclopedistas franceses -incluido el Marqués de Sade-, secundados por las novelas desastrosas de Vargas Vila. Éste dictaminaba: “El matrimonio es una idiotez y el adulterio su revancha”. Cuando esgrimía el argumento ante amigos casaderos, me replicaban que en ese tema no valía mi opinión.Cuando llegó el nadaísmo a Cali, con Gonzalo Arango predicando la muerte de Dios y de los valores establecidos de Occidente, entre ellos el matrimonio, yo estaba leyendo, aterrorizado, ‘Madame Bovary’, ‘Ana Karenina’ y ‘El Amante de Lady Chaterley’, tres monumentos a los cuernos de maridos respingados. Espero no casarme nunca, me dije, ante semejantes prospectos. Promulgamos el amor libre, como réplica a la imposición vaticana y de los juzgados. Lo que implicaba una legalización del concubinato. El solo amor y el deseo manifiesto eran suficientes para consagrar una unión. Pero aparte de Gonzalo Arango, de Amílcar U y de X-504 (los dos últimos sin mucho interés por las viejas), los demás poetas se fueron casando, y por la iglesia para mayor desencanto. Por apremios eróticos y por la tara del enamoramiento. Primero fue Humberto Navarro, con la llanera; le siguió Alberto Escobar con la paisa; luego Eduardo Escobar, con la pereirana; después Darío Lemos, con la hija del farmacéutico; Mauro Castro con Alejandra; Diego León Giraldo con la fotógrafa; Armando Romero con la griega y Elmo Valencia con Afrodita. Yo trataba de conservar el invicto. Si no podía ser gigoló por falta de estilo, por lo menos sería un arrejuntado sartriano. “Tras de marihuanero enyerbao”, fue lo único que alcanzó a comentar ‘el profeta’, cuando supo que me había enconcubinado con una bruja.Tuve eternos amores; todos acabaron por física consunción. Con el penúltimo me pegué una encoñada de padre y señor mío, tanto que en el restaurante Anca 19 le pedí entre champañas que nos casáramos, aspirando para mí solo a una vieja que, proclamaba, era mucho para uno solo. Lujuria atinó a contestarme que no sería ama de casa de un poeta doméstico. Y que si un nadaísta iconoclasta la pedía en matrimonio, hasta allí llegaban sus relaciones con el nadaísmo.Cerca de los 50 encontré a la niña que habría de redimirme, darme dos hijos con los que nunca soñé y que son el sueño que me debía la vida. Me capturó haciéndose la pendeja y llevamos 22 años desde que llegara a mi oficina en busca de un reportaje. Alucinado por la experiencia, un día me los llevé para San Andrés y pedí al pintor Samuel Ceballos que me organizara una mágica ceremonia de matrimonio, con el brujo Pepa como oficiante, y el notario de confirmante. Se encargó de todo, hasta de brindarme una despedida de soltero que duró tres días con sus noches, mientras en El Decamerón la novia esperaba. Éramos la pareja perfecta porque le llevaba 22 años, su padre era psiquiatra y todos sus hermanos artistas. Nos encontramos en el tablado del acto, enfrente del Cotton Ky. Los grupos de calipso y rock tendían el contacto entre la tierra, el cielo y el mar. Samuel me sostenía en el momento trascendental de mi vida. Y cuando el brujo le preguntó a la pretendida si quería ser la esposa de Jotamario, ella sencilla y llanamente dijo que no. Tomó de la mano a los dos pequeños, Salomé y Salvador, y se dirigió en busca de cremas para la perpetua juventud y los más ensoñadores placeres. Lo que fue conmigo, el matrimonio se fregó como sacramento y ceremonia. A la familia de mi mujer no le inquieta, a la mía tampoco. Resultaron más nadaístas que yo. Y ahora que estoy de cristiano, no sé con qué cara me le voy a presentar al Señor caído. No creo estar viviendo en pecado mortal. A lo sumo, en pecado venial. Vení al sofá, me dice ella. Y yo corro con las cremitas.

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