¡Que vivan los novios!(1)

Septiembre 11, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

A los pequeños estudiantes caleños de la escuela San Nicolás nos llevaban en fila a la misa de los domingos en la iglesia vecina. En ocasiones, el santo y soso sacrificio en latín -con el padre de espaldas-, se alborotaba con la celebración de unas bodas, entre un sujeto víctima de los apremios eróticos y la tara del enamoramiento, y una jovencita que al fin encontraba la oportunidad de salir de casa. Nos excitábamos todos ante la nívea cola de satín de la novia serpenteando por sobre la alfombra purpúrea del pasillo central, y el ronroneo de que se desfondaría esa noche en pleno meneo otro himen –de allí la misteriosa palabra-, en el hostal de privilegio de la luna de miel. Pronto se expandía por el ámbito, como humo de incensario, el rumor de que no debía ser virgen la desposada, ya que alguno de los metiches la había visto en andanzas de luna nueva por nuestros campos de fútbol con un periódico. Cuando el sacerdote les pedía que se prometieran amor y fidelidad eternos y se colocaran los aros de oro en los anulares –y mientras ella y él decían sí–, todos los de mi curso ensartábamos los dedos índice de la mano derecha por el ojete que conformaban el índice y el pulgar de la otra mano, para sonrojo de los novios y del acólito. Pensábamos, como avezados vástagos sicilianos, en el chasco del tipo que pagaría suite nupcial, cuando encontrara que las primicias habían sido consumidas en otro picnic. En todo caso, la servidumbre no se llevaría al día siguiente las sábanas impolutas, sino manchadas con la sangre de la primera muenda a la desposada, a quien el varón no repudiaría según los cánones, sino que asumiría con la precoz cornamenta, a fin de no hacer público el deshonor, a costa de la eterna deshonra íntima. El resquemor persistiría –el de él por encontrar el cebo roído y el de ella por el mascadero noquiado-, pero de todas maneras la vieja se escaparía a la primera oportunidad con el inicial deshollinador, y el romeo continuaría enmozado con la copera del bar. Desaparecida de la radiola la Marcha nupcial de Mendelssohn, él se repantingaría con la Ópera del Mondongo.Los dos muchachos se me acercaron mientras en la pista de baile acababa de hacer la caída de la hoja, ese paso de guaracha que hizo famoso el cómico Clavillazo. Vestía una chaqueta de lana de cuadros, detrás de cuya solapa acostumbraba coser con unas puntadas bastas un cortapapeles de níquel, con el que podría defenderme de mis posibles rivales. Pero estos llevaban un revólver engatillado, que me pusieron en la nuca sudada. Su hermana –una chica San Fernando– a quien había conocido en una conferencia en La Tertulia, y quien se me había ofrecido a cambio de nada, acababa de ser repudiada por el novio italiano con quien pensaban casarla, a quien ingenuamente confió que había hecho musarañas conmigo, un camaján ahora del barrio Obrero con ínfulas de poeta contestatario. Tenía que dar satisfacción a ese ultraje. Me dijeron ¡se casa o se muere! Y yo, como siempre, elegí lo peor. Les dije ¡me caso! Así que me puse el mejor traje de mi papá y me fui a visitar al papá de ella. No fue sino decirle lo que había aprendido en las películas mexicanas: vengo a pedirle la mano de su hija –sintiendo que me apuntaba un cañón desde el edificio vecino–, para que él soltara la carcajada. Ni siquiera lo había decepcionado la pinta, ni la del vestido ni la de mis facciones –por entonces harto pasables– sino que no tuviera apellido, pues había visto que firmaba mis notas de prensa con sólo el apelativo. Él no sabía del estupro, como se denomina a lo que la chica me indujo. Lo siento, joven, me dijo. No puedo permitir que mi hija se case con alguien que no tiene ni siquiera un apellido para aportarle. En ese feliz momento los cañones de las pistolas, de ellos y la mía, apuntaron al suelo. Menos mal que no estaba preñada. En ese tiempo cada condón alcanzaba para tres viejas.

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