Que vivan las P

Que vivan las P

Agosto 02, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

No hay satisfacción mayor que la de no haber estudiado nada y terminar sabiéndolo todo. Dado mi fracaso como bachiller en el Santa Librada College por haberme dejado llevar de la poesía —y habría que aceptar que en cierta forma también por el son—, no pude matricularme en carrera alguna, cosa que también hubiera sido difícil dada la menguada economía de papá. El que se elige poeta, pensé, no tiene por qué ser oficiante de nada más. Anduve pues de vago por el centro de la ciudad, plantado en el café Colombia y el Tamanaco, donde se reunían los políticos emerrelistas y los antiguos condiscípulos que seguían sus carreras en la recién fundada Universidad Santiago de Cali. Una vez tuve el descache de declarar en una mesa de señores del intelecto que mi aspiración era estudiar mecanografía y francés y adquirir una motoneta Vespa o Lambreta. Recuerdo entre los presentes al poeta Marco Fidel Chávez, Armando Holguín y Alfredo Rey, quienes soltaron los trapos de la risa pensando sinceramente que era una confesión de farifafá. Me sentí tan abochornado —pues en ese tiempo eso daba pena—, que me quedé toda la vida chuzógrafo como Gabo, no pude leer a Víctor Hugo en el original como Óscar Collazos y me tocó echar quimba todas las medianoches desde la Plaza de Caycedo hasta mi residencia del barrio Obrero, afortunadamente acompañado por el Monje Loco, que vivía por los alrededores del María Luisa.Un domingo asistí al Aristi a la película del 007 contra Goldfinger con un saco solferino de cuadros que me regaló el doctor Armando Barona Mesa para dictar conferencias y a la salida me tropecé con el espigado Hernán Nicholls, quien acababa de montar su agencia de publicidad y me dijo: “Eres un tiro en elegancia.” Frase que al día siguiente le serviría para promover la nueva línea de vestidos que lanzaba Guido lo viste. Alrededor de esa agencia se aglomeraban Carlos Duque, Fernell Franco, Antonio Azcona, Luis Ospina, Andrés Caicedo, Mayolo y Ennio García el ejecutivo. No me podía quedar atrás. Yo también era ‘craneador’. Me enganchó.Le aprendí todas las marrullas. Si Carvajal hacía las cosas bien, yo también. Si Leonisa sostenía todas las miradas yo sostenía todos los brassiers. Llegó la transformación Nacional. Había que lanzar al ‘chiquito’ Lleras. Aunque nunca me gustó ni cinco acolité el eslogan “De veras me gusta Lleras”. Era además editorialista de El Expreso, periódico fundado por mi otro patrocinador Antonio Posada. Apuntalaba la poesía con el periodismo y la publicidad. Desde entonces me persiguen las p. La pintura. Don Jesús Ordóñez, que acababa de fundar la Librería Nacional, me montó Galería de Arte, donde hicimos los famosos Festivales de Vanguardia. Y la pornografía, que practico, sin caer en el erotismo. Me fui para Bogotá. Hice publicidad con Jaime Jaramillo Escobar en O.P. Institucional. Ingresé a Leo Burnett, por cortesía de Gonzalo Meza, luego César Gómez me llevó a Sams Publicidad y de allí pasé a Propaganda Sancho, donde con Álvaro Arango laboré cerca de veinte años. Por entonces toda la cochada de intelectuales y revolucionarios me fusilaba como traidor a la revolución por estar haciéndole eslóganes al sistema, promoviendo necesidades inexistentes. Las huevas. Hace unos años, a Hernán Nicholls y a mí la Universidad Santiago de Cali nos otorgó el doctorado honoris causa como publicistas insignes. Luego de que el Santa Librada College me entregará el cartón honoris causa de bachiller y ahora me honra bautizando su Centro de Convenciones con mi nombre de poeta. Y El País hace cerca de dos décadas me tolera en mi cotilleo. Mejor que estudiar es leer hasta atiborrarse. Qué cuento de graduarse en carreras, basta la astucia y el ingenio. Doy gracias a la vida que me enseñó a bailar en todas las pistas. Lo único que no coroné fue la Vespa. Que vivan las p.

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