Puntadas sin dedal

Octubre 22, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Recién me vine a enterar de que habíamos sido pobres en el entierro de mi padre, cuando la tía Tina sollozando reclamaba a la vida por esa penuria tan infinita que le había tocado al pobre Jesús. Sin embargo recuerdo que siempre vestí de paño, a diferencia del dril de mis compañeros, así mis pantalones fueran hechos con los retazos que quedaban de los trajes completos y a la medida de los clientes adinerados. Y los zapatos reventaban de brillo con chinola, trapo y cepillo, pues eran la extensión de la elegancia de un vestido confeccionado por un sastre veterano de varias plazas.A pesar del calor de Cali, en los años 40 se había impuesto la fiebre del hilo, y a los señores les gustaba lucir vestido completo. Mi padre, que había escuchado el rumor, cayó en esa ciudad procedente de Antioquia e, igualmente motivada, la familia de mi madre del Ecuador. El éxito modesto de las tijeras de papá era el eterno de la gran costura, convertir a un hombre invisible en un dechado de perfección física. Se puede anchar las espaldas, sacar el pecho, disimular la joroba, hundir la barriga, corregir las desproporciones. Puedo hacer de usted un hombre elegante, lo que no puedo es convertirlo en un caballero si no lo es, advertía don Jesús a su cliente confirmándole el crédito.Siempre la olla humeaba no sólo para los diez de la casa sino para todos los que llegaran, costumbre que nos venía de la abuela que rogaba todas las noches -en oraciones que yo le acolitaba desde la cama de al lado- por ochenta parientes reconocidos.Quería mi padre graduarme para deslumbrar en el foro, y me enseñaba discursos célebres de Cicerón a Diógenes Arrieta y a Gaitán, así como algunas poesías para ejercitar la memoria, perdonándome en cambio los ejercicios contables. Cuando perdí el bachillerato en Santa Librada, por haberme dejado engatusar terminando el último año por un Zarathustra de la montaña que pasó dictando conferencias en contra de la existencia, mi frustración tomó los ribetes de un trauma, por el desperdicio de todos los panes que me comí y de todos los pantalones y camisas que desgasté y de todos los textos que nunca abrí mientras progresaba irrisoriamente hacia el doctorado. A pesar del diploma falsificado que me elaboró Armando Holguín calcado del suyo para presentar en el convite asirio que me prepararon en casa y donde tenía una novia en cada patio, quedé marcado para siempre con el estigma del fracaso. Juan Roa Sierra mató a Gaitán e Islero corneó a Manolete. Después de estas dos catástrofes que cimbraron nuestros cimientos, la violencia siguió pasando por enfrente de la ventana. Por las noches escupían fuego las ventanas de los carros fantasma. Teníamos que llorar aferrados a sus zapatos para impedir que papá y Jorge Giraldo salieran desafiantes a la calle con corbata roja, no fuera a ser que los chulavitas se las hicieran tragar y pasar con plomo. Los personajes de la casa de las agujas darían para una novela, si contara con el tiempo y los denarios suficientes, como en realidad ya los tengo, jubilado en la primavera.La vida me ha graduado doctor y la Universidad Santiago  de Cali también.  Honoris causa como resulté para todo. Mientras tanto elaboro nuevas memorias a la luz de mis archivos y a la sombra de mi biblioteca, que no vienen a ser otra cosa que empelotamiento del alma, torta casera, menudencias de la familia, sarta delirante del egotismo, interiores cagados, conciencia y ropa sucia para blanquear en casa, itinerario de desdichas, almanaque de delirios, agenda de propósitos incumplidos, culminación de la jornada sin la corona de la obra. Lo que logré salvar de mi vida fue lo que cupo en la tabla de la poesía. Que aquí aplico para el vítor y el réquiem de los  cómplices por la sangre de mi inexplicable paso por esta estrella.

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