Poetas en traje de campaña

Junio 10, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

En el año sagrado para la juventud insurrecta de 1968, Eduardo Escobar y este otro expulsamos del nadaísmo a nuestro profeta mayor, Gonzalo Arango, cuando calificó al presidente Carlos Lleras Restrepo como “poeta de la acción” en el barco Gloria, en un discurso donde propendía porque acabara con el Congreso, ese nido de víboras. Consideramos un insulto que a pocos meses de la muerte del Che, el líder de toda una generación carburada en las negaciones, otorgara ese título a quien acababa de cerrar la Universidad Nacional, cosa que en realidad nos importaba un bledo a nosotros, reprobados bachilleres o expulsados del seminario, para quienes la revolución sería nuestra escuela de réprobos.Se suponía que el nadaísmo estaba contra todas las banderas, sobre todo las políticas partidistas convencionales, pues anunciaba una utopía sólo asequible a través de la anarquía. De allí en adelante, cada vez que un nadaísta tuvo alguna aproximación con algún político fue considerado anatema. En el 70, Gonzalo Arango y Jaime Jaramillo Escobar se fueron con Belisario a través de nuestro recién creado órgano desorganizador, la revista Nadaísmo 70, plantearon su individual campaña, y se quedaron viendo un chispero cuando precisamente el estadista Lleras le birló las elecciones al general Rojas Pinilla para entregarle el poder a Pastrana, y los primeros que protestamos para la historia (luego lo hizo el M-19) fuimos Elmo Valencia y yo, cuando decidimos escribir El libro rojo de Rojas para denunciar ese fraude. No fuimos partidarios del candidato, pues ya estaba electo, sino testificantes del timo. En las elecciones del 82, Elmo Valencia y yo le hicimos el favor a Belisario de irnos con López, como se lo hizo Ernesto Samper al servirle de jefe de campaña*, y García Márquez al ponderarlo como el candidato providencial de la segunda oportunidad…Me he permitido transcribir, con permiso del periódico, unos párrafos de una columna publicada en mayo de 2012, cuando en la primera campaña uribista tuvimos un público enfrentamiento Eduardo Escobar y yo. Él porque estaba desengañado de la izquierda a la que se había prestado como idiota inútil, porque es nulo el aporte de un poeta donde nadie le para bolas. Y yo, porque veía venir la debacle, de la que sigo insistiendo hay que prevenirse. No lo hago para revivir nuestra vieja polémica, sino para referenciar lo que significa que un líder de estirpe intelectual -como nuestro entrañable profeta-, de esos que muy pocas veces adquieren una influencia nacional respetable, se hunde por un traspié ideológico. Lo que acaba de suceder con el querido William Ospina al adherir al candidato de la guerra considerándolo el mal menor con respecto del que está gestando la paz. Gonzalo Arango era por entonces un líder de la rebeldía nacional, y no sólo del nadaísmo, por sus enconadas columnas en contra del poder empotrado en el desequilibrio y en la injusticia. Acababa de dictar una conferencia en Barranquilla donde casi se cae el edificio del Banco de la República dado el fervor de los asistentes. Pero a poco se le fueron las luces con la frase laudatoria, se hizo al escarnio de sus discípulos y admiradores y no volvió a reputar en su liderazgo social. Se dedicó al misticismo y a visitar a los monjes de Villa de Leyva, como Ospina que, al gozar de mejores opciones, está ahora al amparo de los monjes del Tibet. Pero no meditando, sino negociando la traducción y publicación de sus inveterados infolios. El señor Buda da para todo. Y el senador Uribe también. *Si me hubiera ido con Belisario hoy sería ministro, le dijo Ernesto a López después de las elecciones. Y yo sería Presidente, respondió López.

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