Poetas de publicistas

Poetas de publicistas

Abril 02, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Se tiene la idea de que el poeta es un ser alejado del mundo, tan alejado que hasta el comer y vestir y viajar son necesidades ajenas a su voluntad; apenas si se le respeta el apetito por la bebida, y en ocasiones el del sexo sin que se le abone el que tenga que invertir en la seducción. Que coma un poco de pasto, beba del vaso del vecino, vista lo que le caiga, que siempre hay muertos de la misma talla, y viaje en sus sueños. ¿Qué necesidad tiene el poeta de plata, piensa la sociedad, si tiene el oro de la imaginación? Pero como el poeta no es bobo, no se limita a leer a sus clásicos y modernos en las bibliotecas del barrio. No se transa con la contemplación de las nubes viajeras ni de las musas intocables. Si hay algo que ame el poeta son los placeres del mundo, que es el estadio donde canta. Le encantan las bufandas de seda, los autos deportivos, las mujeres llenas de anillos. Un pato a la naranja degustado por un poeta puede inmortalizar a un chef de cuisine.Siguiendo las huellas de Neruda por Europa, poeta comunista como pocos pero tan enamorado del pueblo que nunca sufrió de inapetencia, y las del otro escritor de las mismas tendencias Miguel Ángel Asturias, uno se queda aterrado de su capacidad para devorarse el mismo jardín de las delicias como ensalada. Y de escribir a dos manos y tres tenedores el libro de su experiencia, Comiendo en Hungría, con alusiones poéticas a la paprika y al vino Tokaj. Resabio que heredó el poeta venezolano Hernández de Jesús, el Catire, pues cada poema culinario suyo exige de una salsa especial para acompañarlo. Y hay que ver que Rilke andaba de palacio en palacio y de duquesa en duquesa, y cada una quedaba convertida en poema. Y quien haya compartido la mesa con Álvaro Mutis, comprenderá que no todo en la vida es recalentao, ni todos los blodymaries tienen la misma receta.Los poetas, desde que se inventó la publicidad como oficio, han encontrado en ella su reino y regocijo. Tienen cómo emplear su dominio de la palabra hacia el engatuse de un amplio público, muy difícil de lograr con sus libros. Poder decir de un producto, por ejemplo, que es la mano de Dios en un frasquito, es hallazgo que lo emparenta con el genio del culebrero, poeta popular en busca de la excelencia. Los poetas alucinados y los genios publicitarios tienen mucho en común, sobre todo cuando se les suben los humos a la cabeza. A un poeta difícilmente le reconocen el genio, porque no pueden abundar los genios en poesía: en cambio en la publicidad todos los creativos son genios. Y si es poeta mejor, pues es genio y poeta. Así continúen afirmando los incontaminados que un poeta en publicidad es un poeta prostituido. Como si la prostitución no fuera, con la poesía, la profesión más antigua del mundo.Trabaja el poeta en la publicidad con lo único que le sobra: la imaginación. A la que debe añadir originalidad y novedad. Está rodeado de modelos que son la personificación y deificación del producto. Talentosos dibujantes ilustran sus propuestas. Los directores de radio le hacen decir más cosas de las que dice con sus efectos sonoros. Directores cinematográficos dan movimiento a sus ensueños. Pero ante todo, aprende de los ejecutivos que el público universal no existe, sino públicos objetivos. Y cuando el poeta sabe que para que se asimile su mensaje debe dirigírselo a alguien determinado con seguridad que va a trascender en su obra.Cómo no va a trascender, con su chequera blindada, que lo defiende de las ofensas del capital y de la caspa de sus malquerientes. Y cuando logra jubilarse, y encerrarse en su bar-garçonnière-biblioteca, que tiemblen los poetas que tanto le criticaron la genial ocurrencia de meterse de publicista.

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