Poeta y publicista

Poeta y publicista

Octubre 11, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Como mis compañeros los ángeles del hippismo me alejé del jabón, del champú, del desodorante, de las lociones after shave, de los talcos para los pies, de las cremas dentales a base de perlol, de los peluqueros, del cortaúñas. Éramos unos verdaderos monstruos marinos, que a duras penas hacíamos nuestras abluciones con las aguas de las quebradas cantarinas del Parque Nacional, o del río La Miel -territorio de los hongos alucinantes-, refregándonos con el limo arenoso de sus orillas. Ni veíamos televisión ni tomábamos Coca cola ni usábamos paraguas ni nos poníamos condones. Y no lo hacíamos por carencia de recursos, porque en nuestras toldas militaba una horda de niños y niñas de seda en escape de sus mansiones burguesas a probar el amor y la libertad en esa insurrección florida que fue el jipismo. Todos los estratos sociales, las razas y nacionalidades se fundieron en un solo sentido de adoración fumando cannabis. Así hicimos la revolución que no hicieron los militantes de la izquierda recalcitrante. Nos quedábamos dormidos en San Agustín y amanecíamos en San Francisco. El amor alfombraba nuestros pasos por el recto sendero. Con la paz hacíamos sombreros que vendíamos al turista. Escuchábamos a Los muertos agradecidos.No pudimos ser más sinceros. Buscábamos a Dios en el camino, no en la catedral ni en el catecismo. Algunos lo encontramos, y si no lo asumimos fue pensando que no era la hora todavía de dársela por ganada a la deidad. Había que seguir combatiendo desde las entrañas del monstruo. No era el momento del retiro, ni siquiera en el Nadasterio de los Monjes Juguetones, que pensábamos fundar en la isla de Providencia. Recién incorporado a los efectos lisérgicos de la silocibina y del tetrahidrocannabinol, hube de prestar el servicio militar de la literatura, y para ello ingresé en la publicidad. El primero que me recibió, y eso porque iba de la mano del profeta Gonzalo Arango, su amigo, fue Gonzalo Meza en Leo Burnett. No pasé el examen psicológico con un psiquiatra que me tiró bola negra en el examen donde me puso a hacer un jingle para cepillos Pro para toda la familia y de inmediato le compuse uno que si no grabaron y lanzaron fue una pérdida para la historia de la publicidad y para el producto: “Papá con Pro, mamá con Pro, nosotros con Pro. / Todos compramos Pro. / Todos nos cepillamos los dientes / con Pro”. De todas maneras Gonzalo Meza, con ese corazón de manzana que se mandaba, se empeñó en que me quedara y el primer aviso que me tocó redactar fue el de la invitación al sepelio de Gonzalo Arango quien a la siguiente semana se desconectó de las vanidades y productos del mundo en la carretera de Tunja. Gané un premio de poesía de la editorial de Gabo, con seguridad que por obra y gracia del ‘profeta’ desde el más allá.La familia Arango, de Sancho, me recibió de brazos abiertos y, aunque viniera del reino de la fantasía, no fue menos alucinante la permanencia creativa por 16 años en esa casa. (Cuánto se ganó con su premiecito... esa suma se va a ganar todos los meses si se queda con nosotros. Y con ella me pensioné y me la estoy ganando de por vida y después de mi vida la seguirá recibiendo mi esposa, que para eso me conquistó en Sancho). Disfruté del placer de recrear el mundo a mis anchas, de ofrecer al consumidor que pudiera comprar los productos que satisfacían sus deseos desde antes de producirse. Allí me di el lujo de posar de genio, grado del intelecto que nunca me fue acreditado en literatura. Me llené de cuentas bancarias y tarjetas de crédito. Casi que me forzaron a adquirir casa, carro y esposa, y que hasta a la tardía paternidad me apuntase. Hoy etiqueto mis tesoros como Salomé y Salvador.Definitivamente, es todavía mejor ser rico que jipy, como hubiera pontificado en plena traba Kid Pambelé.

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