Poeta pese a su padre

Enero 14, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Que el hijo de un ferrocarrilero de una aldea perdida en el sur de la cordillera de los Andes, a quien el padre indignado perseguía por entre las paralelas para darle en la cabeza con su gorra porque le había dado por escribir poesías y, peor aún, para desgracia de la familia las anduviera por ahí publicando, y que para evitar el pesar y desilusión del viejo tuvo que adoptar el seudónimo de Neruda, tomado de un cantor checo que descubriera en una revista, que ese niño triste nacido en Parral y criado en Temuco, donde visitaba a Gabriela Mistral para que le diera alientos para seguir escribiendo, no sólo ganara el premio Nobel, como lo ganaría ella unos años antes, sino que se convirtiera en el poeta por excelencia del Siglo XX, eso me deja sin resuello, me hace creer que sí es verdad, que los poetas son los hacedores del mundo.Y que ese niño poeta, que no cumplió los sueños de su padre de aprender una profesión útil para sacar de apuros a la familia, con el solo impacto de sus versos tonantes se haya convertido en el defensor y vocero de los humildes y de los perseguidos, me produce palpitaciones en el corazón, me confirma en mi sospecha de que sólo el poeta es el elegido para cercenar los tentáculos de la injusticia sobre los que se apoyan a los que quieren comer en plato doble a costa de los que no tienen siquiera plato. El poeta que fue profeta para vaticinar las iniquidades será juez para castigarlas. Como castigó Neruda en su Canto general al presidente González Videla, a quien puso en el poder ayudándolo en su campaña, para que al ascender decretara persecución a los comunistas, por lo que tuvo que huir por entre la cordillera, bien al sur, primero a la Argentina y después a Francia, adonde llegó con el pasaporte falso de un amigo muy parecido, el de Miguel Ángel Asturias, quien también recibiría el Nobel. Y allí fue recibido como un héroe por sus amigos poetas, surrealistas y comunistas, que en algunos casos eran los mismos. Todos sabemos, así lo queramos nada, poquito o mucho, que Octavio Paz es otro grande de América, también premio Nobel, como muchos -ejemplo Saint John Perse–, que se le acercaron al gordo de corazón de alcachofa, así fuesen de tendencia contraria. En su libro ‘Adiós, poeta’, Jorge Edwards relata una conversación con Paz luego de la muerte de Neruda, y éste le dice: “Mira, quiero decirte una cosa, ya que tú estabas tan cerca del personaje. El año pasado leí la obra de Neruda, desde la primera página hasta la última. Creo que en mi edición faltaban algunas cosas del final, pero leí entero y por orden todo lo que tenía. Mi conclusión es que Neruda es el mejor poeta de su generación. ¡De lejos! Mejor que Huidobro, mejor que Vallejo, mejor que Borges. Y mejor que todos los españoles…”. No todo son los gloriosos para el poeta de Temuco. Con la crisis de las ideologías y el ocaso de la poesía política, se alzan voces de condenación a Neruda, contra ciertos temas oprobiosos en sus cantos, que no hubieran sido tan malditos si el socialismo se hubiera impuesto per secula seculorum. En vida le tocó sufrir los apóstrofes despiadados del poeta De Rokha, quien se suicidó ante la falta de reconocimiento del mundo, a pesar de que también era comunista, y ampuloso a morir. Después de muerto Neruda, va a seguir recibiendo los ataques del fantasma de su oponente. Pero él bien supo responder por anticipado, en su Testamento de otoño: “En fin, podemos existir, / aunque no acepten nuestras vidas / unos cuantos hijos de puta”.Para no terminar de manera tan exabrupta, lo hago citando su Ausencia de Joaquín, que me sume en la ausencia suya: “Su costumbre de sueños y desmedidas noches, / su alma desobediente, su preparada palidez / duermen con él por último, y él duerme”.

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