Nadaísmo al Parkinson

Nadaísmo al Parkinson

Febrero 19, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

A estas alturas de la vida, tan cerca de las estrellas y tan lejos de lo que queda, siento que soy un ciudadano que se puede dar el lujo de caminar por las calles por donde vive sin ningún tipo de precauciones. Se acabaron esos tiempos en que me las tiraba de enemigo público número uno y compadre del Anticristo, para escandalizar por parejo a los profesores y al costurero de mamá, a los jueces de la República y a los representantes del clero. Los maridos celosos están en sus guarderías. Las lolitas que me aupaban cuando hacía de viejo verde ahora son profesoras. Los poetas rivales ingresaron en la Academia. Los jubilados del barrio me esperan en el parque con el parqués. Asisto puntualmente a la peluquería, a la manicurista y al pedicuro, al chequeo prostático y a las tertulias poéticas de Gloria Luz. Sin romperme ni mancharme pasé de la casa de lenocinio al salón de masajes. Mi maletín de poeta no contiene valores negociables sino borradores de odas. Y no ostento reloj Zen ni gafas Piaté. Lo que me gané en premios me lo comí en cucas. No me diferencio de a mucho -utilizo estos caleñismos para castigar el estilo- de los mortales transeúntes que merodean. Apenas si me permito un vestido de don Jesús Valencia, que disimulo con una bufanda añosa del Corte Inglés. Resulté como Heliogábalo, el anarquista coronado, según Artaud. Alguien a quien nadie atracaría en su sano juicio.

El exmancebo Eduardo Escobar pronostica que nos llegó la vejez y que lo peor es que se nos nota. Y uno que creía que la eternidad siempre sería joven. Vila-Matas, en El mal de Montano, libro que devoro con ansia loca, recuerda “cómo mi generación quiso cambiar el mundo, y pensé que tal vez había sido mejor que aquello que soñamos no se hubiera hecho realidad”. Cito de memoria, olvidándome del Alzheimer. Voy, pues, camino del cenit, con el diploma del fracaso a guisa de parasol.
Como ciudadano integérrimo y sofisticado plumífero eché quimba contra las Farc, sus minas quiebrapatas y su condenada manía secuestradora. Y, amén de los sombrerazos con que me amenazan energúmenos cuando avanzo por calles peatonales, he recibido bofetadas virtuales de amigotes contemporáneos de quienes nunca fui camarada, pues cuando ellos militaban en la célula yo formaba parte del tejido nadaísta. (¡Quién iba a pensar que el nadaísmo duraría más que la tela de los hilos perfectos!). También marcharé en contra del paramilitarismo y el serrucho. Y cuando la sociedad se acuerde de los secuestrados por el ELN, también patonearé contra los ‘elenos’.

Cuando se acabó el comunismo, es decir, cuando la hoz perdió el martillo y el martillo perdió la hoz, fueron muchos quienes voltearon hacia nosotros los ojos, en la esperanza de que -como éramos ácratas-, reemplazaríamos a la sólida izquierda que se había disuelto en el aire. Pero no íbamos a conducir a nadie al poder, a ningún poder, porque contra lo que estábamos era precisamente contra el poder, contra cualquier poder. Con lo único que estamos es con la vida, así tengamos algo tembleques las manos, pero el pensamiento no tanto. Nos pasa por tratar de imitar a Álvaro Mutis.

Hemos trasegado por sesenta años con nuestro antifaz de poetas por el carnaval de la violencia en Colombia. Cantando la tabla gratis como remachados goliardos contra quienes menoscaban la dignidad del ser vivo, y declarando inexequible la ley del embudo. Más de medio siglo sin haber sido entendidos por más de dos o tres locos. De vez en cuando alguien se acuerda que de no haber sido por nosotros el país todavía estaría en la caverna de la que apenas trata de salir la guerrilla. El señor alcalde de la ciudad nos ha mandado a decir que hay que celebrar esta fecha. Que planeemos una serie de eventos musicales y poéticos que se podría llamar: ‘Nadaísmo al parque’.

Nadaísmo al Parkinson, pienso yo.

VER COMENTARIOS
Columnistas