Muertes paralelas

Muertes paralelas

Septiembre 25, 2017 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Ayer 25 de septiembre cumplió don Jesús Arbeláez, mi padre, 30 años de haber sellado su sastrería, porque físicamente se le acabó el hilo. El mismo día cumplió Gonzalo Arango, el profeta de la nueva oscuridad y quien me parió para esto de la poesía, 29 años de haberle puesto punto fatal a su último manifiesto. Tenía treinta años menos de los que yo cuento ahora, pero veinte siglos más de experiencia.

Don Jesús Arbeláez me enseñó a leer y a escribir en una pizarra. Gonzalo Arango me enseñó qué leer y cómo escribir. El primero me tomó las medidas para lo que iba a ser en la vida y el segundo me enseñó que la única vida posible era vivir sin medida.

Mi padre había nacido en Rionegro, Antioquia. Descendía de Martín de Arbelaiz y Endara, de Irún, España, primero de la dinastía en pisar esas tierras de la conquista en el Siglo XVII. Gonzalo se hizo a la luz en Andes, Antioquia, décimo tercer vástago de don Paco Arango y de Nena Arias. Mientras que mi padre era sastre y ensartaba su aguja para mejor vestir a sus clientes, don Paco entrelazaba a los suyos por medio de los hilos del telégrafo.

La herramienta de trabajo de mi padre fue la máquina de coser, y de escribir la de Gonzalo, esa máquina de coser las palabras. En la sastrería los cuerpos adquirían vestiduras que les daban porte y realeza; en el taller del poeta que era su cuarto, iluminado por el modesto bombillo del espíritu santo, Gonzalo con su palabra revestía a los espíritus de los hombres con las galas del conocimiento por los abismos, en los que se metía de cabeza.

Mi padre podía probar en las reuniones de impíos la existencia de Dios con el solo argumento de que si existía la nada no había razón para que Dios no existiera, y Gonzalo alegaba que el temor del hombre a la nada es Dios.

Cuando mi padre supo que yo había sido uno de los elegidos por Gonzalo Arango para hacer parte de ese tenebroso movimiento de liberación del ser que era el nadaísmo, en su corazón se dolió de que el elegido no hubiera sido él para asumir la prédica nática, mientras yo me quedaba al cuidado del expendio de pantalones. El mío fue el único padre que no echó del hogar a su hijo por ingresar al nadaísmo, y antes bien se sentía honrado cuando Gonzalo iba a almorzar a la casa, donde mamá sí le reclamaba -mientras le servía su sopa de carantantas- por haberme puesto en el camino que llevaba a ninguna parte. Gonzalo se defendía diciendo que no me había distinguido para insuflarme sus convicciones -que eran bien pocas-, sino para complementarlas con las mías -que eran mínimas-, porque nuestra misión era la misma, señalada por ese dedo celeste que se movía diciendo a todo que no.

Gonzalo era tan flaco que el día que papá decidió hacerle una chaqueta tuvo que tomarle las medidas tres veces. Y Gonzalo le correspondió con un poema que terminaba: “La muerte no existe. Es un cambio de traje”.

A don Jesús se le presentó un cáncer intestinal, anunciado de muchos años por el particular hedor de sus pedos mudos. Es de suponer que el día que exhaló el alma lo hizo por el trasero y por ello un minuto antes pidió que abrieran todas las puertas y las ventanas. Gonzalo iba en un taxi hacia el monasterio dormitando contra la ventanilla y un golpe de viento ocasionado por el camión de repollos que circulaba en sentido contrario le sumió la frente revolcándole todo su sistema de pensamiento. Sus últimas palabras habrían sido, como literato de alcantarilla en metafísico convertido: “¡Dios mío, qué cagada!”.

Cuando papá murió escribí en mi diario: “25 de septiembre de 1975. Papá murió. Ahora sólo me queda Gonzalo.” El 25 de septiembre de 1976 escribí en mi diario: “Murió Gonzalo. Ahora sólo me quedan dos 25s de septiembre”.

Han pasado 42 y 41, y cada año les escribo la misma página. La coincidencia lo amerita. A diferencia de Bolívar, tuve dos noches septembrinas. ¿Qué tan oscuras?

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