Mis siete Claudias

Noviembre 01, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

La venturosa mañana del 12 de octubre, aniversario del Descubrimiento, me despertó mi mujer Claudia Jaramillo con un beso inacostumbrado para felicitarme por recordar nuestro aniversario, pues me había pasado la noche repitiendo dormido: Claudia, Claudia, Claudia. 23 años atrás había hecho su celeste aparición en mi apartamento de poeta tocado de publicista, con una heliconia en la mano y en la otra su necesaire, pues acababan de despedirla de su puesto de mesera en Andrés Carne de Res, vaya a saber por qué, pero el caso es que estaba loca por mí.No hay mal que por bien no venga, es el consuelo paradójico que expresa mi bienaventurada cada vez que ocurre una desventura. En este caso la desventurada sería la anterior Claudia, quien había decidido empacar sus chiros e irse para Miami a tentar fortuna para llevarme. Como el espacio en el ropero estaba vacío, ahí decidió la novilla meter lo suyo. Hoy agradezco a Andrés por el corte de su hermanita, que me ha permitido por tantos lustros el disfrute de carne fresca.Me persiguen las Claudias. Como me persigue el placer, lo maravilloso, la providencia, los viajes, los libros y las botellas. Y eso que soy malo para cantar al amor; cómo será que ésta es la primera romanza que entono. Dedicada a la mujer que más me ha durado sin dejarme salir del recto sendero de la buena vida, y espero que me siga durando cuando la vida me la ponga dura.Me pidió que, como presente de aniversario, le hiciera sobre esta nuestra cama que tanto se nos ha desfondado sin que tenga qué ver la polilla, una reseña puntual de sus antecesoras, hasta donde la caballerosidad me lo permitiera. Ello, para estar prevenida frente a posibles chismes de caridad. No tuve que hacer mucho esfuerzo para acceder. Yo por ella hago lo que me pida, mientras no malogre mis hábitos ni me seque el bolsillo.Te referiré, cariño, la verdad acerca de mis siete Claudias. Comenzaron a llegar cuando mi primera mujer me tiró la maleta por la ventana, y me refugié con mi biblioteca en una pensión de viajeros. Allí conocí a Claudia Uno, esposa de un pintor erótico-geométrico del que pronto se separó, era cantante y bailarina de tangos, todo un ciclón. Con ese cuerpo impactante ni ropa necesitaba. La vestía de perfume y besos. Duramos 7 años. Claudia Dos era profesora de comportamiento y sólo me visitaba los sábados pero me daba sopa y seco para toda la semana. Duramos 5. Claudia Tres había escapado de un convento y estaba intacta. Era la virtud encarnada como una uña pero se me volvió feminista. Un día que me descuidé en el gimnasio me dejó por otra. Duramos 4. Claudia Cuatro era una ejecutiva de miedo. No se sabía si valían más sus gafas ahumadas que el Maserati. Me enseñó a comer con tres tenedores y cada vez que me llevaba a un motel era a Panamá o Puntacana. Duramos 7. Otras dos Claudias tuve de las que no puedo dar pistas mayores porque las puedo perjudicar en sus historiales. Duré con cada una 7 años. En todo caso no fueron ni Claudia de Colombia, ni Gurisatti. Te tocó ser la Claudia Siete, pero ahí planté. Puedes estar segura de que a partir de ti no ha habido más Claudias. Lo único que le preocupó fue que, haciendo la sumatoria de mis relaciones, debía de tener cerca de cien años. Descuida, corazón, fueron simultáneas. Agradeció mi sinceridad. Me alargó otro beso y se fue a prepararme los huevos del desayuno. Un hombre que ha tenido tantos amores es porque no tiene idea del amor, me autocritiqué en la cocina. Es el único caso en que la abundancia es sinónimo de pobreza. Pero ahí me voy resarciendo.Ella sabe que lo que importa de un marido no es con quién se acuesta sino de quién se levanta. Y en 23 años no ha habido mañana en que no me haya levantado de ella. Feliz aniversario, querida.

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