¡Mis aguinaldos!

Diciembre 18, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Llegado a estas alturas de mi vida, la de los 72 años sin perder una pieza de la sonrisa y ni una pizca de los arrestos sensuales, habiendo dejado atrás la calvicie que me coronó desde joven, con una biblioteca que no me cabe en la casa ni en la cabeza y una familia que parece de hadas en un hogar feérico, con la prueba del sida negativa de nabo a rabo, a paz y salvo con Dios y sus resueltos misterios, he quebrado la punta de mi pluma para no volver a herir con ella a nadie y más bien me he inclinado a cantar alabanzas por lo que me llueve del cielo, y a referir lo que pasaba en mi infancia y juventud en la Cali de mis primeros pesares. Es un eufemismo esto de pesares, tal vez influencia de Henry Miller cuando hablaba de la calle de sus iniciales infortunios, refiriéndose a su pobreza en la sastrería de su padre, en el Distrito 14, de Brooklyn. En mi San Nicolás, en las navidades, lo que disfrutábamos, por gramos, era pura felicidad.Cuando cursaba mi primero de bachillerato en el Colegio Americano, aunque en religión nos iban instilando los credos de Martín Lutero, por las épocas navideñas asumíamos el juego de los aguinaldos. Eran éstos al sí y al no, al dar y no recibir, al hablar y no contestar, a pajita en boca, al beso robado, a mal soldado y estatua. El que ganaba gritaba “mis aguinaldos” o “págueme mis aguinaldos” y el que perdía se veía obligado a darle un regalo o cumplir una penitencia el día de la Navidad. Había la posibilidad del desquite o de acrecentar la deuda, continuando con las otras variantes del juego. Situaciones casi todas incitantes al cachondeo. Yo limité mi concurso a las bellas Careen y Kristina. Al beso robado. Mientras Kris estaba frente al tablero, le toqué el hombro. Cuando volteó a mirarme le zampé un beso en los labios. Me mordió. Me cuidé de hacer lo mismo con Careen, a quien le besé tiernamente una mejilla. Al decirle “págame mis aguinaldos”, me dio tremendo beso en la boca. Al sí y al no. Yo debía decirle todo sí a Kris y todo no a Careen y ellas al contrario. Cuando ésta me preguntó si creía que la otra era virgen dije sinceramente que sí, y perdí. Cuando la otra me preguntó lo mismo respecto de su rival dije temerariamente que no, y también perdí.Al hablar y no contestar. Me dice con gesto sobresaltado Kristina: ¿Podemos suspender el juego para decirte una cosa urgente? Claro que sí. Mis aguinaldos. ¿Sabes lo que me hizo la traidora de Kris?, le conté a la buena de Careen. Ella es así, contestó y perdió. A pajita en boca. A la hora del recreo se me acercaron ambas y me dijeron en coro: Pajita en boca. Como no tenía ninguna pajita les dije con ternura: “Las amo”. Me la valieron. Al mal soldado. Entré subrepticio al baño de niñas donde Careen se lavaba la cara. Apliqué mi rodilla derecha al dorso de la suya, la flexioné e hice doblarse al tiempo que le decía “mal soldada, mis aguinaldos”. En ese momento, desde atrás, Kristina, que salía del baño, hizo lo propio con mi izquierda, cantando “mal soldado, mis aguinaldos”.A estatua. A una de ellas le grité “estatua”. Se quedó inmóvil. Hice aspaviento de mandarle la mano a sus partes nobles que ella protegió con las suyas. Perdió. Cuando hice lo mismo con la otra, permaneció inmóvil mientras mi mano se daba gusto. Ganó. Cuando le dije “basta”, la mano con que no se había protegido me pegó una cachetada que me dejó viendo estrellas. Al dar y no recibir. Careen me estiró los labios como lo había hecho días antes y yo ingenuamente apliqué ávidos los míos en los suyos. “Mis aguinaldos”, me dijo. Estaba perdido. La penitencia acumulada era que en la fiesta de Navidad de los compañeros, que se celebraría no recuerdo en casa cuál de mis dos pretendidas, me le declarara delante de los padres, en inglés, a la que más me gustaba. Me declaré protestante. No fui.

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