Mil poemas por la paz

Mil poemas por la paz

Septiembre 04, 2017 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando en el colegio me leyó el profesor Varela el poema 'Camino de la patria', de Carlos Castro Saavedra, sentí que yo también debía ser poeta, si con el don del canto se iba a hacer posible el retorno de la paz a un país diariamente vejado y descuartizado. Aprendí a leer lo que éramos a través de Relator, Diario del Pacífico, El País y Occidente, periódicos a cual más plagado de crímenes ocurridos en la provincia, caracterizados por el salvajismo, la crueldad, la sevicia. No sólo había que matar, sino aterrorizar y atemorizar. De paso los sobrevivientes debían abandonar sus terrenos, que pasaban casi gratis a mejor dueño, y emigraban de menesterosos a las ciudades, con su nostalgia del terruño. No es hora de ponerles partido a los asesinos. Contra ellos se levantaron otros para no dejarse matar o porque ya les habían matado a los suyos y en un círculo vicioso infernal continuaron con la matanza, e incorporaron otros crímenes igualmente pavorosos como el secuestro, lo que terminó generando la aparición contratada de los paramilitares armados de motosierras. Así por 50 años, o más, porque el flagelo venía desde mucho antes de que se armara el conflicto con la guerrilla.

Toda mi generación, a partir de 1958, diez años después de la muerte de Gaitán, y diez antes de Mayo del 68, se embocó en la poesía a la par que en la revuelta sin confundirlas, para ver de darle un mentís a la agobiante violencia que maculaba su canto. Y, pasados ya casi 60 años, uno de esos poetas adolescentes que terminó en la política con un halo de transparencia, logró luego de una paciente jornada en La Habana, Cuba, conseguir la firma de la paz entre los dos contrincantes, el Estado y su cuestionada y cuestionadora insurgencia.

Sin embargo, lo que era de suponerse que despertaría el unánime fervor colectivo, fue aguado por quienes enarbolaban la tesis de que a la guerrilla había que ultimarla a cañonazo limpio, lo que no se pudo en medio siglo aun con la colaboración del dueño del mundo. Y la de que si de todas maneras se lograba el acuerdo, no concederles ningún tipo de indulgencia ni privilegio. Llegando hasta proponer volver “trizas” lo ya firmado, añorando tal vez una nueva avalancha de sangre con quién sabe cuántos más miles y miles de víctimas inocentes. Todo por el afán del poder. En un país de locos, todos tienen la oreja puesta en el más loco de todos.

Sobre el fin de la guerra, y sobre la validez del testimonio poético, hace unos pocos años, cuando ganó el premio Nobel, cayó en mis manos el refulgente poema de la Symborska, 'Fin y principio', acerca de quienes limpian la escombrera después de la guerra, al llegar la paz. Y señala: “Pero a su alrededor / empezará a haber algunos / a quienes les aburra.” Ya conocemos quienes son los aburridos, pero serán los poetas quienes se encargarán de la vigilancia del nuevo arreglo de la casa.

De allí que sea tan valiosa la idea de Carlos Gerardo Orjuela y sus compañeros de Plenilunio, de convocar a concursos que acopiaron más de 'Mil poemas por la paz de Colombia', del cual se hizo la selección que conforma este libro. Porque “la poesía debe ser hecha por todos”, como dijo el inmortal Lautreamont, del anarquista al anacoreta, del expresidente al expresidiario, del estudiante al profesional, del ama de casa a la ejecutiva. Mil oraciones por la paz son mil mantras, contra los que nada puede la perorata de quienes se empeñan en la camorra. Son poemas de todas las tendencias y estilos, con el común denominador de la gratitud, la sinceridad y la esperanza. Quede pues este libro en el anaquel de la Historia, como testimonio del parecer del hombre de la calle con sus millones de rostros.

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