Mi Simón González

Julio 15, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Se le acumulan a uno los amigos viajeros, si así puede decirse, en las páginas de la prensa, donde a duras penas si se les alcanza a decir adiós. Al comenzar el siglo se hundió en la tierra de Providencia un mago de la escritura, el tarot y los sueños, René Rebetez. Ya lo había hecho Kat, el pintor fecundo del Johnny Ky. Lo siguió el brujo Peppa, el raizal que sostenía sobre sus hombros ese tesoro de Morgan que es San Andrés. Meses después, aquella que no tiene nada de parca, fue por Simón González, dos veces intendente y una vez gobernador de las islas por voto popular. Y rey de ellas desde siempre por voluntad propia.Lo menos que le hubiera gustado, que uno lo evocara con esta sarta de palabras. Pero cómo dejar de decir que fue una personalidad apabullante, un profeta del presente, un profesor de energía, un poeta de la vida, un mago solar y un brujo lunar, y un enamorado de las diosas de la mar océana, cuya sonrisa es la espuma de cada ola. El impudor de las notas fúnebres permite que cada uno trate de involucrarse en la historia del muerto para lucir. Yo había invadido, en 1967, no solo la isla de San Andrés, sino una cabaña abandonada que estaba al amparo de la Corporación de Turismo, que manejaba Guillermo Cabo, un industrial antioqueño siempre de bermudas, camisa y sombrero blancos, radicado en la isla y feroz admirador de Simón. Cabo –quien también hace una década emprendió el último viaje– amenazaba con desalojarme, así tuviera el impudor de las notas fúnebres permite que cada uno que hacer pasar un bulldozer por sobre la cabaña y mis huesos.Pero nunca lo hizo. Un día los vi pasar señalándome, por enfrente de las cabañas. Se me erizó el espinazo. Pero esa noche se me presentó dulcísimo el atronador Guillermo y me dijo que me podía quedar en la edificación hasta que la tumbaran los vientos, porque ese señor cuya sabiduría él respetaba como la de nadie en el mundo, le había dicho que este ser flaco y barbudo, a punto de colgar la toalla, ataviado con una túnica de los baños turcos del hotel San Francisco, iba a dar que hablar en Colombia como poeta. Tal vez le había creído a Gonzalo Arango, quien era la mar de generoso con sus discípulos. Hoy, los derrumbados por el viento son los personajes de este párrafo, mientras yo continúo aferrado a los postes de la vida, dando veraz testimonio de los benditos amigos. Nunca quiso Simón vivir bajo el ala de la memoria de su padre el filósofo Fernando González. Quiso tener su propia personalidad y su propio halo. Y en eso se comportó exactamente como su padre. La diferencia estribaba en que mientras el viejo predicaba que había que “vivir a la enemiga”, Simón sostenía, y así tituló su libro publicado bajo el auge del hippismo, que “Sin amor todos somos asesinos”.Se comportó como el gran gurú en el Congreso Mundial de Brujería, que él mismo dirigiera, y como Gobernador de las Islas de San Andrés, Providencia, Santa Catalina, Serrana, Serranilla y Quitasueño. Hoy esas islas se precipitan en el mar del olvido que ya ni siquiera es suyo. Simón manejó la naturaleza de las islas con su brazo de ingeniero y su brazo de mago. Así, capoteaba las huelgas y amainaba los temporales. Pero ya nada queda de sus ejecutorias, y de la barracuda de ojos verdes a duras penas sobreviven las lágrimas azules. Murió con la frustración de ver que se tenía que morir, después de haberle ganado la batalla al cáncer de la muerte por más de veinte años, y con la alegría de dejar organizada para sus íntimos la fiesta de su muerte, cuando esparcimos sus cenizas desde el Puente de los Enamorados, que une a Providencia con Santa Catalina, donde celebramos una especie de saturnales, respetando su última voluntad. En ese tiempo todavía vivía el pintor brujo Samuel Ceballos. Pero a éste también se lo llevó la ventisca.

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