Metamorfosis de un poeta

Mayo 08, 2017 - 11:55 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Me encuentro esta tarde en la Feria del Libro de Bogotá con un amigo del alma, con Enrique Sánchez Hernani, con quien me unen 25 años de complicidad en la letras y en las copas, contando las que sirven los vinos y las que contienen lo mejor de la anatomía femenina. He creado con él y con el poeta Luis La Hoz una trilogía de santones que venimos de regreso de todas las tropelías, revolucionarias, galantes y líricas, y así hoy tenemos a Hernani, invitado por el XXV Festival de Poesía de Bogotá, presentando su libro Cuaderno Extranjero. Que según él es un ajuste de cuentas con el marxismo, el historicismo y el psicoanálisis, teorías que no nos permitieron adelantar hasta sus últimas consecuencias la revolución prometida ni nos curaron de la locura de las palabras hiladas o deshilvanadas.

No había visto en las célebres ‘autocríticas’ impuestas por el Partido, que el personaje precisamente confesara como falta su militancia y decidiera desenmarcarse de ella, sin perder el sentido humanista de sus ideales. La mirada retrospectiva permite ver cómo fue esa contienda de fuerte, no sólo entre la teoría revolucionaria y el establecimiento, sino entre las mismas tendencias de izquierda que se ponían la zancadilla y se enfrascaban en polémicas ríspidas que lo único que producían era un respiro para la burguesía. La lucha ha sido larga y dura y poco fructificante. Tanto que en nuestro país pueda considerarse como un triunfo de la guerrilla el acogerse a la paz luego de 50 años de incierto y doloroso batallar, para seguir luchando por lo que queda de sus ideales sin apoyarse en el fusil reivindicatorio. En labor que fue conseguida no por un político cualquiera sino por un estadista que ha declarado abiertamente su filiación a la antiguamente abominada ideología nadaísta, que miraba con desconfianza la izquierda recalcitrante. Ese personaje es Humberto De la Calle Lombana, con quien Colombia está en deuda.

El libro de Sánchez Hernani viene dividido en tres claras estancias, Metamorphosis, canto feroz con el aliento de los viejos profetas, como podemos apreciar en la siguiente estrofa: “la castidad / esa abominable constricción de los impulsos / no es distinta de la violencia ni del descarriado empeño por la guerra / en nombre del Santo Grial o de la Ojiva Nuclear que descompense el mundo en su precaria fe o poder / todo escrito está en las páginas de El Corán o El Capital; / por ellas desollarás cual reses a tus aturdidos semejantes”.

El poeta siente que su verbo sigue ardiente como la enloquecida furibundia que condena y pasa a otro estado de la percepción cual es el escrito en estado de posesión, de dictado de un más allá sin determinar, a través en este caso de la visita onírica de las imágenes. Y es así que nos lleva por donde sopla ese inconsciente juguetón y perverso que nos presenta estos brillos: “Qué del cardumen cuajado en vistoso mojinete / del amistoso y sáfico Polifemo / que va dando manotazos al umbroso horario / y signa con su pezuña el astroso número nueve / el no desmentido vacunario que se balancea / sobre el impalpable almidón del papel nonato”.

En este imaginario imperio celeste, tercer canto, el poeta alcanza el equilibrio entre la gesta de lo real y el imperio de lo disuelto. Entrega a su alma el balance de lo vivido, de lo luchado y de lo soñado y el alma le imparte de bendición para que la nueva emanación lírica tenga ese toque de santidad que desde muy pronto asaltó al joven Ginsber entonando el Santo, santo, santo. He subrayado conmovido estos versos: “El poeta sueña y sueña / tercamente como una máquina de cine mudo / pues el verso que tanto desea / aparecerá tarde o temprano en el ecran. // Ojalá le alcance el sueño / ojalá le baste la vida / ojalá lo atrape la muerte. // Más le valiera”.

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