Me quedo en Sta. Librada

Noviembre 18, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Permítanme continuar con el cuento, que me ha salido muy bueno, así lo venga echando desde 1960, a raíz de mi rebuscado fracaso como bachiller. Al terminar la primaria en San Nicolás, mi padre le tenía echado el ojo al Santa Librada, colegio oficial y por consiguiente gratuito, con la fama de tener el mejor nivel académico de la comarca, por encima del San Luis y del Berchmanns. Y desde luego del Villegas, que también tenía su famita. La entrada no era nada mamey, dada el pedido no sólo del sector popular sino del mediano y hasta burgués, por lo que había que sacar de la manga algún padrino pesado, que en mi caso habría sido el médico homeopático Luis Rosales Irama, y en ello se durmió mi papá, precisamente con unas goticas tranquilizantes. Debí ingresar a primero en el Colegio Americano, en la Avenida Colombia, donde hubimos de desembolsar veinte pesos mensuales para la causa de Martín Lutero. Allí comencé a relacionarme con damitas burguesas, por lo menos en el juego de la rayuela, a dudar de la virginidad femenina, a comunicarme en inglés así fuera por señas y a caminar por la acera del río viendo como la brisa levantaba las faldas de rasuradas oficinistas. Cuando llegó la hora de entrar a segundo –ya me tenían medio mamado Calvino y el jingle bell– Santa Librada me abrió sus puertas, estirándome la mano su insigne rector e intelectual meritorio don Armando Romero Lozano. Desde entonces me volví más partidario del hombre de las Leyes que del Libertador de cinco naciones. Quien era además el adalid del liberalismo, que era lo que campeaba en la casa, por más perseguida que fuera por los conservadores la corbata roja que para provocarlos se ponían papá y mis tíos, persecución por ahora amainada con la reciente toma del poder por Rojas Pinilla. Pero uno se va volviendo traidor a las primeras ideas y a los actos salvadores, por cuanto por esos días me cayó un libro que habría de cambiar mi vida, y era Santander de Fernando González, que leí al escondido levantando la tapa de mi pupitre, donde mi héroe de bigotito quedaba como un zapato. También, estando ya en cuarto, me tocó agredir a pedrada limpia al binomio gobierno-fuerzas armadas, que tumbamos los aguerridos estudiantes apoyados por la burguesía, y desde entonces el claustro quedó bautizado para siempre Santa Pedrada. Como se sabe, con la llegada del nadaísmo tiré por la borda el grado y me consagré como el primer bachiller frustrado. Escribí mi poema Santa Librada College, que terminaba con la blasfemia “Santa Librada / Yo no te debo / Nada”, que me granjeó varios premios y la decisión del rector del claustro, Roberto Avendaño De Horta, de consagrarme muchos años después bachiller honoris causa, entregándome el cartón enmarcado del que más me ufano, más la placa de Ilustre Egresado que no he empeñado. Ahora, bajo la rectoría de Ramón Ignacio Atehortúa, humanista afecto a la poesía, y aun bajo angustias de presupuesto, el colegio ha recuperado su primitivo esplendor: 18 estudiantes fueron becados por el gobierno nacional; 8 estudiantes clasificaron entre los 20 primeros puntajes del Icfes para ingreso a universidad, 4 de ellos entre los 10 primeros, empezando por el primero; 10 estudiantes deportistas ostentan los rangos de campeones y subcampeones en Tae-Kwon-do, Sambo, Polo acuático, Ajedrez, Clavados, Natación, Esgrima y Atletismo. En estas circunstancias, asistiré mañana a la misa de acción de gracias del amado claustro, y, mientras se proclama que el Auditorio perpetuará el nombre de Arbeláez Jotamario, pronunciaré ante todos los estudiantes, ante el rector y la estatua de Francisco de Paula, como correctivo al verso final del poema, este reconocimiento sincero: “¡Gracias, Santa Librada, mi virgen barbada, todo me lo has dado, todo te lo debo. Por todos tus dones, salí de la Nada!”

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