María. Ahora sí que menos (3)

María. Ahora sí que menos (3)

Noviembre 13, 2017 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

“El contragolpe no se hizo esperar —hace hoy 52 años—, a través la palabra cascada y sacrosanta del poeta de Piedra y Cielo y de “Teresa en cuyo c... el cielo empieza”, abanderado de las causas que tuvieran que ver con el idioma de Castilla y con la poesía prístina. Aunque poco dado al panfleto, Eduardo Carranza se dejó venir con una catilinaria. Y con inspirado acento en la á, exclamó ante las autoridades civiles, eclesiásticas y militares: “Ah, yo desafío a los escritores nadaístas, y les doy 50 años de plazo de aquí en adelante, a que escriban una obra mejor que María, o si no que callen para siempre”.

Al otro día los periódicos, a pesar del veto de silenciarnos, titulaban a igual número de columnas: “Nadaísta Jotamario acepta el reto de Carranza a los nadaístas, pero a muerte”. Y subtitulaban: “Qué él escoja las armas, yo escojo el sitio: Hacienda de El Paraíso. 12 p.m. Domingo de Resurrección”. Con Pablus Gallinazo, mi padrino, tomé clases de florete, con el mayor Camargo tiro al pentágono. El domingo por la noche me instalé con toda la claque en la hacienda. Hasta Pardo Llada me había mandado fotógrafo. Esperamos hasta las 5 de la mañana y en vista de que el retador retado no apareció, el doctor Quintero procedió a declarar a Carranza técnicamente muerto, y como no hubo cadáver que lamentar ni qué levantar, procedimos a bañarnos en bola en el mismo sitio donde lo hacía María en levantadora.

Esa misma madrugada traté de echarle muela a María, pero fue inútil. Acababa de leer a Lolita, de Nabokov. El pobre Eduardo no alcanzó a darse cuenta que terminó ganando el envite. En 50 años, los nadaístas no logramos escribir una obra mejor —ni peor— que María. Todos los que apostaron por don Jorge Ricardo Isaacs, hijo de judío inglés y chocoana, ganaron, pero por ninguna parte los encontramos para acreditarles la deuda. Los únicos sobrevivientes somos nosotros, por lo menos mi padrino y yo.

El penúltimo caso me sucedió hace unos veinticinco años, cuando recibí una llamada del músico Luis Antonio Escobar, quien estaba interesado en montar una ópera sobre María y consideraba que yo era el preciso para preparar el libreto. “¿Por qué yo, maestro?”, le pregunté. “Porque usted no cree en ella, y eso es lo que necesito. No hay nada que impida tanto trabajar como la veneración”. Me metí de cabezas nuevamente en María, a pesar de que estaba leyendo la biografía de Milena. Dos años después, cuando me dirigía a casa del maestro con el libreto, leí en la cinta de un cortejo fúnebre que se dirigía a los Jardines de Paz el nombre de Luis Antonio Escobar.

Y el Miércoles Santo me llama el director de una revista de alta cultura, a encargarme una memoria de mis relaciones con María, a partir de la adolescencia. A ver si al fin recapacito y avalo con mi testimonio que se trata de una de las historias de amor más hermosas del mundo. He aceptado, y me he vuelto a tratar de sumergir en su lectura, a pesar de estar enfrascado en Anna Livia Plurabelle. Es inútil. Me doy por vencido. No será esa la leyenda de amor que hiele mis venas. Si se trata de héroes de amor de malas, y de adehala vallecaucanos, me quedo con el Ricardito el Miserable, y con la novela de espíritu nadaísta Que viva la música, de Andrés Caicedo, con la que dejamos a Carranza con un palmo de narices”

Hasta aquí el recuento de vieja data de mis amores frustrados con la María isaacsiana. Lo publico sólo para disolver el infundio de que los nadaístas, particularmente yo, vamos a arrepentirnos y pedir perdón público por haber vejado e irrespetado el ídolo número uno de la comarca. No podemos correr el riesgo de defraudar a una juventud a la que liberamos de semejante lastre sentimental. Ahora estoy leyendo, en francés, Le con d’Irene, de Louis Aragon, pero no lo presto.

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