Margarito Cuéllar

Abril 12, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Una vez leí en una revista literaria una encuesta hecha entre poetas y lectores de poesía de diversos países acerca de cuál sería la cualidad esencial que debía blasonar a un poeta. Se excluían, por obvias, la sensibilidad, la inspiración y algo de cultura (que es material implícito en el poeta, así no haya estudiado nada de nada). Se resaltaban la videncia, el encantamiento, la originalidad, el ingenio, la solidaridad, el desprendimiento, el compromiso, la sutileza, la pasión, la exaltación, la melancolía, la ternura, el aparato (no sé a cuál se referían), el arrebato, y alguno mencionó la humildad. También hubo quien planteara que a los poetas no habría que resaltarles cualidades equivalentes a valores insertos en morales convencionales -que por lo general suelen ser virtudes sociales-, sino defectos extraordinarios. Y entre ellos mencionaban la locura, la irresponsabilidad, la insolencia, irreverencia y el atropello.Si alguien, de entre los poetas que conozco, posee todas estos atributos, los buenos y los mejores, es el mexicano Margarito Cuéllar (Ciudad del Maíz, 1956), con quien he tenido oportunidad de topar en varias confluencias terrestres, y de quien, a pesar de excederle en más de 15 años, no son pocos los trucos que le he aprendido, entre ellos ése de contar la vida como quien estuviera narrando un sueño despierto, sin que el mundo pierda su esencia ni el sueño su extravagancia. Lo cual podría ser una definición señera de la poesía. “Un marinero atravesada la cabeza por un arpón / nadó cuarenta metros / salió a la carretera / abordó un taxi al hospital y vive todavía para contarlo. (Sucedió en Miramar)”. De esta observación y formulación se asume que el poeta es además periodista, agudo y peliagudo, de los que saben pescar lo insólito en la barcaza, que es lo que le suele suceder, o se permite ver para contar, el poeta. Cuando uno conoce toda la obra de un poeta, éste le pertenece, porque sabe uno más de él que el poeta mismo. Los poetas no saben lo que dicen, pues dicen más de lo que saben, y mucho de lo que dicen no lo dicen ellos sino su vecino el inconsciente tramposo. El que cuenta lo que oyó sin haberlo oído. Y no es que los poetas mientan demasiado, como dijo el otro, sino que para los poetas no hay mentira como no hay verdad repetida. El lector total y devoto sabe cómo se mueve el aparato circulatorio de sus palabras y el de las imágenes en que vienen cocidas. A fuego lento y sagrado. Cuaderno de celebraciones, titula el libro de Margarito que llevaremos a Cali en próximos días. Es notable, a propósito, que el primer verbo que usa Whitman en su hojarasca sea celebrar: “Me celebro y me canto”, porque la palabra celebración es en sí misma un homenaje a lo que se dice que existe, a lo que se ha vivido, a lo que se ha visto, a lo que se ha amado y hasta sufrido, a lo que se fue y a lo que vendrá, es gozo y es cantilena, es entrega en la fiesta efímera y es despedida para pasar a esa otra fiesta de donde los invitados ya no se van. Los cuerpos de las mujeres son avenidas por donde circula Margarito haciendo auto-stop y ellas le huyen desnudas para ser atrapadas en ese juego perenne de los amores efímeros en este bar de la vida. Celebra el poeta desde el vaivén de las barcas hasta el beso que tiembla, desde el disparo suicida hasta el aullido de los trenes, desde los abismos del silencio escalados por la mujer que en pez oro se viste hasta los muslos que florecen como una exhalación. Me quito el sombrero que ya no uso ante la poesía de mi ‘Maicito’ Cuéllar, que es una voz de México por el mundo y la de un solitario por el desierto. Enfrentado a esos grandes amontonadores de piedras para construir. Ha tenido el coraje de cantar en el desierto de las ciudades del mundo y es como si nadie le hubiera oído, como a todos nos pasa. Pero el desierto escuchó.

VER COMENTARIOS
Columnistas