Marco Fidel

Noviembre 30, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando a un plumífero le sucede -¡como a mí en el día de hoy, albricias! – que llega a esa edad donde comienza el retorno (un Jotamario de 70 es una broma del tiempo), siente que se consolida como “el viejo poeta de la ciudad”; si no el Kavafis de Alejandría, por lo menos el cronista de Caliviejo. Pero para consuelo hay otro más viejo que él, que fue su maestro de letras en el café, a quien le será impuesta la condecoración Orden de la Democracia Simón Bolívar en el Grado Cruz Gran Caballero (1) y ese es el magno poeta Marco Fidel Chávez, a quien hace 84 años, en Puerto Tejada, “la simple fuerza del amor le dijo entonces anda”.Era el inolvidable año 60, que no termina. En el Café Colombia, esquina de la Carrera 4 con 10, se reunían los intelectuales de entonces, profesionales empeñados en destorcer las bielas del mundo, y como a pesar de mi juventud de bachiller fracasado hacía parte de un movimiento puesto recientemente en marcha para anunciar que el mundo estaba mal hecho y que nos proponíamos acabárnoslo de tirar, se me concedió un puesto en la mesa de los doctores. Entre los contertulios figuraban los ingenieros Donneys y Leonidas López, los abogados J.J. Jaramillo y Fulvio Grisales, el arquitecto Samuel García, el cuentista Max Rey, el mayor Camargo, caricaturista de El Gato, los estudiantes de Derecho de la Santiago de Cali Armando Holguín y Alfredo Rey. Y presidiendo, el brillante científico político y filósofo lírico Marco Fidel, quien imponía en las mesas la ley del poema. Fue el único que pudo sacarme de Vargas Vila con Tomas Mann y del pornógrafo Hernán Hoyos con Henry Miller. ¿Cuánto puede deberle un pichón de escritor a quien le presta el Ulises de Joyce y además le devela todas sus claves? Se lo demoré varios años hasta que cansado de reclamármelo exclamó con toda la razón del mundo: “Si no me trae el Ulises ya mismo, ¡le va a pasar lo mismo que a Polifemo!” Y funcionaron mis botas de siete leguas. Emocionado, en vez de ponerme un ojo negro, como le había aconsejado el intrigante ‘nadaísta de Cartago’, me atiborró de vino toda la tarde.En el mismo café me presentó a Elmo Valencia, que acababa de regresar de Norteamérica, portador de una expresión literaria sin antecedentes que publiqué en el periódico nadaísta Esquila. Desde entonces el Monje Loco quedó matriculado como genio mayor en el nadaísmo. El mundo entonces era una fiesta, a pesar de los desajustes sociales que comenzaban a complicarse. Se tomaron el país el twist y el secuestro, el cine de nueva ola y la novela objetal francesa. Marco Fidel circulaba los poemas de su Oscuro meridiano que nos inundaron la persistente memoria. “Yo construí mi vida para tí, la hice tuya”. “Muchacha, casi aldea, camino de regreso...”.Pontificaba en la mesa a la manera de un conservador de vanguardia, con vehemencia y humor negro, sobre la poesía de todas las civilizaciones y sobre la poesía no civilizada. Fue la primera persona que me elogió un verso, “trapecio melancólico sonando”, digno según él del san Juan de la Cruz de “un no se qué que quedan balbuciendo”, y que mejor no escribiera más. En el periódico publicaba su Columna de los martes (¿o sería de los martines?). Comentando la muerte accidental de Camus, lo recuerdo, se refería a su pensamiento existencialista como “una turbia ebriedad de la conciencia”. Frase más efectista que preciso el concepto, era el estilo de la época. Felicitaciones, Marficha.(1) La cita es en Comfandi el jueves 2 de diciembre a las 6 p.m. Coctel.

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