Majestades Satánicas ordenan

Julio 10, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

La veterana modelo y actriz, poseedora de la tetera más bella de los años 70, Esther Farfán, me llamó a su casa para que le ayudara a su hijo en una tarea. Acudí puntualmente porque el hijo no estaba, a responder el cuestionario y tomar té de jazmín, que ella lo prepara exquisito. Me dirigí por el ascensor al penthouse donde habita al compás del rock. Me invitó a pasar luego de recibirme el compact disc de Tom Waits que le llevé de regalo.Me dijo en la cocina, mientras degustábamos la infusión, que Andrew Oldham, su esposo –exmanager de los Rolling Stones–, había llegado de Inglaterra y estaba en el piso de arriba remachando su autobiografía, ‘Stoned’, que si quería cenar con ellos. Le contesté que encantado, intrigado por conocer al exjefe de Mick. Frente a un afiche de Their satanic majesties request / Sus Majestades Satánicas ordenan- la perrita tomaba leche soyada y sonaba en el ámbito The last time (“You don’t try very hard to please me With what you know it should be easy”. “No te esfuerces demasiado por satisfacerme Por lo que tú sabes eso es fácil”). El hombre era un gigante en inglés, pero tenía un dispositivo electrónico en forma de loro sobre su hombro que traducía cuanto decía. Habló: “Please allow me to introduce myself: I’m a man of wealth and taste. Pleased meet you, hope you guess my name”. Y el loro tradujo impecable: “Por favor, permíteme que me presente: soy un hombre poderoso y distinguido. Me alegro de encontrarte, espero que adivines mi nombre”. Al hombre se le pusieron los ojos rojos. Quise mirarle los pies por debajo de la mesa, sospechoso de encontrarme con las pezuñas de Pan. Se me puso la carne de gallina al pensar que me hallaba frente al demonio en persona, pero el rostro de mi amiga sirviendo viandas deliciosas me tranquilizó. Para seguir el juego, le dije que había utilizado como epígrafe de mi obra amorosa el canto de Jagger: “Se me dice, a veces, que amo demasiado fuertemente. Pero creo, creo, que una mujer no debería ser amada de otra forma”. De súbito sentí por debajo de la mesa que sobre mi pie se había posado uno de sus delicados escarpines. Al principio lo mantuvo inmóvil haciendo una cierta presión, pero entonces comenzó a moverse a un ritmo sin compasión, como hacía uno en las noches de adolescencia, como hacía Jagger en el escenario. Yo le miraba el rostro imperturbable. Me dije para mis adentros que las mujeres son capaces de engañar hasta al diablo. Él continuaba hablando: “What’s puzzling you, is the nature of my game”, y el perico traduciendo: “En realidad lo que te despista es la clase de juego que me traigo”. En el placer amoroso soy dado a lo subrepticio, pero el estímulo era demasiado para mantener el semblante inmutable. De pronto no resistí la emoción y emití un suspiro espasmódico, mientras ponía mi mano sobre su rodilla y apretaba sin temor a las consecuencias. Esther me miró desconcertada y se levantó hacia la cocina. Andrew saltó a su vez presuroso a contestar el teléfono como si le llamara Keith Richard, con quien comenzó a carcajearse. En medio de mi viscoso estupor vi salir de debajo de la mesa a la perrita ‘Satisfaction’ moviendo la cola. Rojo de la vergüenza corrí al ascensor. Oí que subía el volumen de la canción Simpatía por el demonio. (“Use all your well-learned politesse Or I’ll lay your soul to waste”. “Usa todas tus condenadas buenas maneras O arrojaré tu alma a la basura”). Desde allí comenzó mi infierno. Sueño todas las noches con la perrita.

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