Los tres deberes

Junio 05, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando me encontré con Cioran en París, me espetó que no sabía qué podía ser peor, si publicar un libro, tener un hijo o plantar un árbol. No le gustó cuando le dije que tratar de leer su libro Del inconveniente de haber nacido, que era el más cruel de sus críos. Se fue de La Coupole sin pagar la consumición. Era en aquellos años gloriosos en que todos andábamos sin cinco.Respecto de escribir un libro, había que estar de acuerdo con él. Después de la Odisea y del Ulises, atreverse a mojar la pluma para acometer una nueva historia era de una arrogancia satánica. Aunque me decía Saturnino, cuando le caía en busca de posada en su taller, donde había sido hasta los días del marqués de Sade la cárcel de la Bastilla, que por el hecho de existir Bacon él no se podía quedar masturbando. Hay escritores, sin embargo, sobre todo poetas, que se la pasan escribiendo y publicando libros de los que después se arrepienten.Borges fue contundente y a él agradezco el pudor editorial que me atañe. Saqué valor para presentarle los originales de mi primer poemario, a ver si me regalaba algunas palabras, si lo había hecho con tantos libros malos de poetisas, como cualquier José Luis Díaz-Granados. Él no se dignó ni siquiera a leer el título. Se puso el bastón en el antebrazo y con su mano me apretó el hombro. “Escribir un libro es un acto de fe, y yo lo felicito por ello. Pero, ¿publicarlo?”. El incorregible de Buffalino fue aún más franco. Me dijo que si lograba editar el libro me lo comentaría con mucho gusto, pero que por favor no fuera a pedirle que lo leyera. Kataraín soltó la risa cuando me vio caminando hacia él con el mamotreto. Me dijo que no publicaba autores noveles. Decidí arrebatarle yo también unos pesos a la editorial de García Márquez ganándome el Premio Nacional de Poesía de La Oveja Negra. Y el editor no sólo tuvo que leerme sino corregir las galeras. Desde entonces, no trato con editores y cada vez que debo publicar una obra procuro primero con ella ganarme un premio.Los hijos fueron durante toda mi vida de amante activo tema tabú. No se podía encargar impunemente vástagos a un mundo del que predicábamos el acabamiento por física consunción. Además, para tener hijos se necesitaba una madre y uno a duras penas si tenía amantes fugaces, cuando no se fugaba uno. Y qué tal si a ello se le sumaba el oso de ser padre soltero. Cristo no tuvo hijos a pesar de la última tentación, ni Bolívar aunque pocas veces se bajó del caballo de Manuelita. Malthus recomendaba el onanismo para prevenir el hambre mundial. El conde de Keyserling sostenía que la procreación era un placer de sirvientes. Cioran aceptaba “haber cometido todos los crímenes, salvo el de ser padre”.Para evitar mi aporte a la superpoblación geométrica -la quinta bestia del Apocalipsis–, me consagré al culto de la píldora, del diafragma, del condón y del colon. Convencido de que el embarazo era una enfermedad venérea, llegué a predicar el aborto como una virtud higiénica. Perdí el invicto hace 20 años. Con la misma señora tenemos hembra y varón, a los que pongo a leer a Cioran y al Marqués de Sade como temas de urbanidad.Los árboles estuvieron desde siempre proscritos de las alamedas de la poesía que me inculcaron los apóstoles de la nada, que se poblaban en cambio de bosques de semáforos, postes de luz, pararrayos y lluvias de bombarderos. La naturaleza nos parecía de un verde que no salía con el cielo. Devorar una fruta era placer de micos. Nos resistíamos a ir al campo mientras no lo pavimentaran. El día que decidí hacer las paces con el reino vegetal y dedicarme a la siembra, recibí del reino de los cielos una lluvia de glifosato. Se me trancó la chimenea y se me arruinó la piscina. Así no se puede.

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